La mala costumbre de la demora está enquistada en lo más profundo de la cultura local.

Llegar tarde está en el ADN argentino

No hay caso. Somos impuntuales. Está en nuestro ADN. Es raro, porque nos enoja la impuntualidad de los otros. También somos raros. Citamos de ocho y media para nueve, descontamos media hora de impuntualidad y tolerancia. Y aún así, hay quienes llegan tarde y se nefregan en esa tolerancia. Hubo un tiempo en que la impuntualidad daba lustre: estamos taaaan ocupados. Ya no. Ahora es una afrenta. Pero nos cuesta mucho cambiar las malas costumbres. Las buenas no, esas las cambiamos enseguida.

Hay niveles en el impuntual. El peor es el que te dice: “Ya llego”. O, en un abuso del gerundio, “Estoy llegando”. Esa lacra nació con los celulares: citaste al tipo, no llega y lo llamás. “Estoy llegando”, te dice. El tipo está en Kuala Lumpur, en La Reja, encastrado en la Panamericana por el corte del día, pero te asegura su impuntualidad.

Llega al fin, hora, horita y media tarde, agitado, la cara roja como un pimiento, sudado como tapa de cacerola, a punto del infarto; entre jadeos te pide disculpas por la demora. No te engañes: quiere hacerte sentir que tu exigencia de puntualidad casi lo mata. ¿Cómo te atrevés? Esa forma larvada de hipocresía asegura más llegadas tarde. Eso sí, nuestros relojes están alineados con Greenwich. No vaya a ser cosa.

Alberto Amato

Fuente: CLARIN

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Temas: Categorías: Argentina America Titulares

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