Ante el desafío, el cronista logró pararse sobre la delgada cinta  suspendida en el aire. Puro coraje.

Slackline: la magia de mantener el equilibrio

Cuando me dijeron que tenía que hacer una nota sobre Slackline no tenía idea de lo que me estaban hablando. Y entré a googlear la palabra. Lo primero que vi fue una foto de un chico haciendo equilibrio sobre una cinta, y enseguida apareció un video donde un muchacho saltaba desde otra cinta hacia el piso, e inmediatamente volvía como rebotando hacia su posición original. Confieso que me dio algo de miedo. Se me vinieron a la mente las risas de familiares y de amigos al ver alguna escena mía rodando por el césped o teniendo que salir corriendo a alguna guardia por alguna caída o un golpe que pudiera recibir. Aunque en este último caso no sería para reírse, claramente.

Esos temores comenzaron a mermar cuando conocí a Juan Pablo Vadagnel, fundador de Pump Slackline Argentina, que me contó que se trata de un deporte de equilibrio en el que se sujeta una cuerda plana normalmente de unos cinco centímetros de nailon o poliéster entre dos puntos fijos. “La primera característica es la versatilidad del deporte y su relación con el entorno. Podés hacer slack en la playa, en la pileta, en la montaña o sobre el pasto. Usar cintas largas para caminar, o más cortas y con tensión para usar sin rebote y truquear. En general, los equipos son livianos, de fácil transporte y manejo”, me adelanta Juan Pablo.

Estamos en el boulevard Dardo Rocha, frente al Hipódromo de San Isidro. Vadagnel me explica que para un principiante como yo, los árboles, que tienen que ser “cojudos” para poseer cierta resistencia, deben estar ubicados a una distancia más o menos corta, ya que a mayor recorrido hay más oscilación de la cinta y eso hace que me cueste más hacer equilibrio. Cuando pienso en esta palabra y me imagino que dentro de unos minutos tengo que estar colgado arriba de las cintas siento un nudo en el estómago. Literal.

Sin embargo, para mi tranquilidad el bueno de Juan Pablo me dice que primero me va a enseñar la técnica básica arriba de una semiesfera para poder ir acercándome de a poco a esta disciplina. Entonces, apoyo mi pie derecho en la pelota y dejo colgando el izquierdo. Me va bien. Y, pese a que soy zurdo, cuando pruebo lo mismo con el pie izquierdo no me siento tan cómodo. Pero lo más importantes es que acabo de pasar a la segunda instancia del desafío.

Mientras tanto, mi instructor coloca en ambos árboles una alfombra negra cortada bien finita y la pega con adhesivo. Y enseguida, pone la cinta de 15 metros de largo, ubicada a la altura de las rodillas, que suelen utilizar los principiantes. El segundo paso es pararme en la cinta y tomarme con ambas manos de una línea de ayuda o resistencia (se trata de poliéster de alta densidad) para practicar el movimiento y el equilibrio. En el primer intento coloco mi pie izquierdo, pero no logro mantenerme y salto de la cinta. La segunda vez pasó lo mismo. “Peleala”, me dice Juan Pablo. Y esa palabra de motivación la tomo como un desafío. Me acaban de mojar la oreja. Lo puedo lograr. Y de a poquito le voy tomando la mano; hasta me animo a caminar para adelante y hacia atrás, que claramente es más difícil. En todo momento el instructor me indica que respire, que mire hacia un punto fijo y que mantenga las manos hacia arriba, que es lo que me va a equilibrar. Para entonces estoy transpirando y me duelen bastante las rodillas. “Muy bien, Ale, te felicito, estamos yendo a pasos agigantados, porque esto suele llevar más tiempo, pensá que para empezar a caminar se necesitan varias horas y vos en un ratito lo estás haciendo muy bien. Te veo muy enganchado y concentrado”, me halaga.

Después de haber superado con éxito las primeras dos fases, ahora se viene lo más complicado: poder hacer Slackline sin sostener mis brazos con la línea de ayuda. Pero estoy convencido de que nada me va a impedir salir airoso. Juan Pablo me alienta, pero lo que no estoy teniendo en cuenta es que después de más de 30 minutos las piernas comienzan a cansarse, más en mi caso que hace dos meses que dejé las clases de spinning.

Respiro. Vuelvo a respirar haciéndome el vivo para tomarme un ratito más de descanso. Coloco el pie derecho en la cinta y trato de mantener el izquierdo en el aire. Pero no duro ni un segundo. Vuelvo a intentarlo. Una y otra vez. A mí no me van a vencer estas cintas. Después de varios intentos fallidos, logro quedarme haciendo equilibrio durante unos seis o siete segundos, que para mí son eternos. Estoy contento. Cansado, claro, pero satisfecho de no haberme dejado vencer por el miedo, y orgulloso por no haber bajado los brazos ante la primera frustración.

“Pusiste mucha garra, aprendiste rápido, estabas abierto a incorporar parte de la técnica -dice Juan Pablo-. Veo que estás con una sonrisa, eso demuestra que la pasaste bien, aunque al principio te demandó mucha energía”. Desafío cumplido. w

Alejandro Gorenstein

Fuente: CLARIN

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