Aunque los métodos para diagnosticar un embarazo han variado mucho en los últimos 4.000 años, ya en la antigüedad se intuía que la orina debía ser un buen indicador para predecirlo. El método utilizado para ello sí que ha variado muchísimo a lo largo de la historia.

La curiosa historia de los test de embarazo: de los métodos egipcios al

Aunque las náuseas, la hinchazón y otros muchos síntomas se encargan en la mayoría de los casos de avisar “a gritos” de la presencia de un embarazo, lo normal es que una mujer quiera saber si está encinta antes de que lleguen todas esas señales.

Las causas son muy variadas. Por un lado, las que no buscan el embarazo y están dispuestas a abortar necesitan saberlo cuanto antes, para practicar el aborto de forma más sencilla y dentro de los límites establecidos por ley. Por otro, las que sí desean tener hijos necesitan saber a tiempo si lo han conseguido para comenzar los cuidados pertinentes con la mayor premura posible.

Por eso, desde tiempos inmemoriales las mujeres han buscado métodos que les permitan predecir un embarazo, en unas ocasiones con más acierto que otras. Incluso cuando los conocimientos médicos al respecto eran prácticamente inexistentes, ya había sospechas de que algo en la orina podría servir como indicador, pues la inmensa mayoría de herramientas predictivas utilizadas a lo largo de la historia se basaban en analizar este fluido corporal. Sí que es cierto que en muchas ocasiones las técnicas utilizadas eran bastante incorrectas, pero al menos sabían por dónde empezar a buscar.

Tratados egipcios sobre ginecología

Se considera que el tratado sobre ginecología más antiguo es un texto incluido en el antiguo Papiro Kahun, conocido por albergar también varios problemas de matemáticas y algunas nociones sobre veterinaria. Este texto, de más de 3.800 años de antigüedad, incluía las pautas para un curioso método anticonceptivo, basado en la introducción en la vagina de heces de cocodrilo mezcladas con otras sustancias, como la miel. No se menciona cuántas infecciones vaginales provocó el mejunje en cuestión, pero no debieron ser pocas.

Otro famoso papiro es el conocido como Papiro Carlsberg, en el que se tratan varias ramas de la medicina, centrándose especialmente en la oftalmología y la ginecología.

En ambos escritos se establece el que debe ser uno de los primeros métodos de la historia para predecir un embarazo. Se trata de un procedimiento muy sencillo, consistente en hacer orinar a la mujer cuyo estado se quiere conocer en dos recipientes, uno con cebada y otro con trigo. A continuación, se espera a ver si alguno de los cereales germina. Si germina el trigo, significa que está encinta de una niña, si lo hace la cebada, que tendrá un niño y si no germina ningún cereal quiere decir que no está embarazada.

Lo más curioso de este método es que en 1963 fue reproducido por el médico egipcio Paul Ghalioungui, quien consiguió predecir el embarazo con un 70% de acierto. No iban mal encaminados los antiguos egipcios.

Profetas de la orina

Más tarde, en la Edad media y los años posteriores, surgió la figura de los profetas de la orina, que aseguraban poder diagnosticar un gran número de enfermedades solo observando la orina del paciente. Aunque el embarazo no es ninguna patología, también decían poder predecirlo. De hecho, en un texto de 1552 se establece que la orina de las mujeres embarazadas tiene un “color limón claro y pálido, que se inclina hacia el blanco, con una nube en la superficie”. Además, en algunas ocasiones mezclaban este fluido con otros líquidos, como el vino, y elaboraban su diagnóstico en base a la reacción que tenía lugar.

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Primeros test del siglo XX: el sacrificio de los roedores

A día de hoy, se sabe que cuando una mujer está embarazada su orina contiene grandes cantidades de gonadotropina coriónica humana (hCG), una hormona secretada primero por el embrión en desarrollo y después por la placenta. Su función principal es evitar que se degenere el cuerpo lúteo, como ocurriría en el ciclo menstrual de una mujer que no está encinta. De este modo, se favorece la secreción de la hormona progesterona, que a su vez favorece que el útero se prepare para albergar al futuro feto en su interior.

Este cuerpo lúteo se forma durante el ciclo menstrual como respuesta a un pico en los niveles de otra hormona, llamada hormona luteinizante (LH). Además, este pico favorece también que se desencadene la ovulación. Todo esto ha llevado a descubrir que la hCG tiene también el potencial de desencadenar la ovulación, de ahí que a menudo se use para estimular la formación de óvulos en el marco de las técnicas de reproducción asistida.

Sin saberlo, también fueron conscientes de ello los ginecólogos Bernhard Zondek y Selmar Aschheim, que en 1928 descubrieron que si se inyectaba a una hembra de ratón la orina de una mujer embarazada, el ovario del animal aumentaba de tamaño. Poco después, el doctor Maurice H. Friedman propuso sustituir los ratones por conejos, pues los resultados eran más fiables y se podían obtener más deprisa.

El problema de este tipo de técnicas era que implicaba matar a los animales para poder ver sus ovarios, algo que resultaba engorroso, caro y especialmente cruel.

La solución la encontró en los años 30 el genetista Lancelot Hogben, tras comprobar cómo al inyectar a las hembras de rana de garras africana un extracto de pituitaria (donde se genera la LH) procedente de otra rana, esta comenzaba a desovar. Esto le llevó a pensar que quizás podría obtener el mismo resultado que con los roedores, pero sin tener que matar a los animales, ya que las ranas liberan directamente los huevos después de la inyección.

Tras comprobar que sus sospechas eran ciertas, en 1937 él y el también genetista Francis Albert Eley Crew viajaron hasta Reino Unido, desde Sudáfrica, con 1500 ranas de garras africanas.

La prueba pronto se convirtió en un éxito, por presentar un gran número de ventajas con respecto a los métodos anteriores. Hasta entonces era necesario poner dos inyecciones de orina al día, durante tres días, a un total de cinco roedores, que luego debían ser sacrificados. En el caso de la rana bastaba con una sola inyección, los resultados podían verse en un máximo de veinticuatro horas y, al no ser necesario matar al anfibio, podía reutilizarse, por lo que resultaba mucho más barato.

La prueba además era muy precisa, con más de un 90% de eficacia, aunque a veces no diferenciaba correctamente la hCG de la LH, por lo que podía dar positivo por embarazo durante el pico de ovulación. Pronto el test comenzó a realizarse en laboratorios, donde los ginecólogos enviaban muestras de orina de las pacientes que querían conocer su estado. Todo funcionaba perfectamente, pero en los años 60 surgió un nuevo método mucho más rápido, que no requería del uso de ningún animal, y todas aquellas ranas fueron liberadas al exterior. Aun a día de hoy pueden verse en libertad, especialmente en países como Inglaterra o Estados Unidos, donde la técnica tuvo un gran auge.

La prueba definitiva (por ahora)

Los avances científicos en torno a la medicina reproductiva llevaron a que en los años 60 comenzaran a desarrollarse otro tipo de pruebas, basadas en la detección de la hCG en orina. En un principio seguía siendo necesario acudir al médico, pero las mujeres comenzaban a demandar poder comprobarlo en sus casas, por lo que en 1970 se comenzaron a comercializar los primeros test caseros de embarazo. El primero era bastante complejo de realizar, por lo que la técnica se siguió desarrollando hasta que en la siguiente década apareció el primer “palito”, tal y como lo conocemos hoy en día. ¿Pero en qué se basa este método?

Concretamente, se utiliza una técnica muy común en investigación, conocida como Enzyme-Linked ImmunoSorbent Assay, pero más aún por su acrónimo: ELISA.

Esta técnica se basa en el proceso por el cual los antígenos-agentes extraños que penetran en el organismo-se unen a los anticuerpos, dando lugar a una respuesta inmune. Lo que se hace en estos casos es utilizar esta unión para detectar moléculas concretas, ya que el anticuerpo se une por un lado al antígeno y por otro a una enzima, capaz de producir una reacción visible, normalmente a través de un cambio de color que solo tendrá lugar después de la unión.

En este caso, el antígeno sería la hCG, por lo que se utilizan anticuerpos específicos para unirse a la hormona. En el caso del test del palito, la orina va subiendo por capilaridad hasta llegar a la parte superior, donde hay fijado un anticuerpo específico para una proteína que siempre está en la orina, de ahí que siempre se genere una primera rayita que indica que el dispositivo funciona correctamente.

Más abajo se encuentran los anticuerpos específicos para hCG, por lo que solo se producirá la reacción colorimétrica si la hormona se encuentra en la orina en una cantidad suficiente. Es un mecanismo muy simple, pero también muy eficaz, capaz de diferenciar perfectamente la hCG de la LH, ya que los anticuerpos utilizados solo son específicos para la primera hormona.

Con el tiempo estas pruebas han evolucionado bastante, dando lugar a test más avanzados, que incluyen incluso una pantalla que indica el estado en el que se encuentra el embarazo. De cualquier modo, el mecanismo es el mismo que con las rayitas.

Han pasado miles de años, aunque todas estas pruebas tienen algo en común, que permanecerá por mucho que se mejore la técnica: ser capaces dar grandes alegría, pero también grandes tristezas. Todo depende del momento en el que se encuentre la mujer en cuestión y qué quiera hacer con su vida y con su útero. Esa es una cuestión muy importante.

Azucena Martín

Fuente: HIPERTEXTUAL

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Temas: Categorías: Ciencia

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