El entrenador de Boca y el estratega de River edificaron sus carreras en paralelo, pero el destino se encargó de cruzarlas: una vuelta olímpica compartida, una patada memorable, y una artimaña que levantó la temperatura; tres momentos que ilustran un vínculo particular. Hoy definen un título

(Getty Images)
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Aún en los trances más tensos, con la polémica por los arbitrajes en plena efervescencia y aquella frase de Gallardo aludiendo a la “guardia alta” rebotando en los medios, hicieron el mayor equilibrio posible para mantener las formas. “Tengo una buena relación con Gallardo”, replicó Guillermo Barros Schelotto, más allá de que sentó su posición con firmeza: “Los partidos se ganan en la cancha”.

El Mellizo es clase 73. El Muñeco, 76. La etapa más rutilante de sus carreras, primero como jugadores, luego con el buzo y la pizarra, la construyeron como adversarios; uno como ídolo de Boca, el otro como emblema de River.

Guillermo Barros Schelotto, director técnico de Boca, y Marcelo Gallardo, entrenador de River, anexarán un nuevo y trascendental capítulo a esta historia que los une y los separa, con la Supercopa Argentina como botín, en una final que vuelve a enfrentar a los dos clubes más taquilleros de la Argentina luego de 42 años (el único antecedente, el Nacional de 1976).

Porque ambas figuras recorrieron sus carreras en paralelo. Y, ocasionalmente, el destino los cruzó, edificando con cada mojón una relación de amor/afecto-odio bien entendido/rivalidad. Tres sucesos puntuales, desarrollados cada 10 años, sirven para ilustrar el particular vínculo de estos dos personajes exitosos que esta noche dirimirán ni más ni menos que una nueva estrella.

1995 

Guillermo debutó en Primera en Gimnasia La Plata en 1991. Gallardo saltó a la elite en 1993. En 1995, la Selección los junta: el director técnico Daniel Passarella los convoca al combinado Sub 23 que representa a Argentina en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995.

Argentina obtiene la medalla dorada de forma invicta, con cuatro triunfos y dos empates. Gallardo, (que concentra con el hoy entrenador de Olimpo Cristian Bassedas) es titular en ese equipo; Guillermo, suplente, aunque con profusa actividad ingresando desde el banco.

En la final ante México (0-0 y 5-4 para la Selección en los penales), el Muñeco disputa todo el partido ante un estadio Mundialista completo. El Mellizo entra a los 66 minutos de juego por Sebastián Rambert.

Y los dos se lucen desde los 12 pasos. Incluso, rematan parecido. Gallardo, con un tiro suave, a la derecha del arquero mexicano. Barros Schelotto, con más potencia, pero al mismo sector. Carlos Bossio tapa un penal y Bassedas define la serie, para decretar la vuelta olímpica compartida.

En la premiación, se ubican cerca: sólo Ariel Ortega y Javier Zanetti los separan en el clímax, a la hora de recibir la medalla. Cinco años después, la Selección los volvería a juntar. Guillermo había pasado a Boca, los dos ya eran clásicos rivales. Marcelo Bielsa, DT de Argentina, lo hizo posible.

En esas dos experiencias con la celeste y blanca fue que congeniaron, más allá de las personalidades diferentes; menos volcánica la del hombre de River, más inquieta e irreverente la del platense. “Cada uno con sus formas”, como se encarga de aclarar el DT del Millonario, cuando le preguntan por el dueño del banco adversario.

2005

Boca-River de verano en Mar del Plata. Duelo de músculos duros por la rigurosidad de la pretemporada. La falta de timming también suele favorecer la pierna fuerte. Tan es así que Marcelo Gallardo engancha hacia la banda derecha y Guillermo, con ánimo de colaborar, se acerca a marcarlo. El rodeo lo desorienta, barre pelota y piernas. Un Muñeco con melena vuela por el aire, mira al árbitro y al Mellizo, se da un mini diálogo picante. El juez muestra amarilla y el episodio no pasa a mayores.

Pero esa pica invisible, subterránea, queda merodeando. Incluso cruza todo el continente, se instala en Estados Unidos. En 2008, por la Major League Soccer, se enfrentan Columbus Crew, cuyo jugador franquicia es el Barros Schelotto delantero, y el DC United de Gallardo. La dupla se roba la previa.

“Apenas lo salude, le haré una apuesta”, derrocha picardía el Mellizo. “Apuesta no, lo invito a comer después del partido”, replica el Muñeco, aunque luego agrega: “El que pierde, paga la cena”. Ganó el Crew, 2-1. Guillermo anotó un gol.

2015

Estadio Monumental. 20 de septiembre de 2015. Los enfrentamientos se trasladaron a la teoría. Ya no más con los pantalones cortos, uno buscando el resquicio para el pase entre líneas, lustrando la pegada; el otro con el desborde y la ubicación del 9 en la cabeza.

Marcelo Gallardo es el técnico de River, Guillermo, el de Lanús. El Granate se pone en ventaja gracias a un gol de Nicolás Aguirre, el local comienza a apremiar. Y Barros Schelotto apela a una de las artimañas con las que solía enloquecer defensores en su etapa de wing.

“Laucha”, llama la atención de Lautaro Acosta. “Tirate, tirate”, lo induce al ardid. El delantero obedece, se derrumba sobre el césped como si hubiera recibido un impacto de bala. “¡Eh! ¡Atención médica!”, pide Guillermo, mientras su hermano Gustavo se toma el muslo, haciendo mímica. Las cámaras de TV captan el gag al detalle.

El banco de River explota en protestas. El partido, de todas maneras, termina 1-1. A Gallardo, abordado por un periodista en campo de juego, le preguntan: “¿Hicieron tiempo?”. “Hay equipos que vienen a hacer eso. Lanús, que supuestamente es un equipo que propone, vino a hacer eso”, responde.

Guillermo devuelve gentilezas cuando el mismo cronista le hace la misma consulta: “¿Hicieron tiempo?”. “No hicimos tiempo. ¿Querés que hagamos tiempo? Te aviso”, replica con una mezcla de humor y fastidio.

2018

Guillermo y Gallardo, enemigos íntimos: una relación de amor y odio 1

Son siete los enfrentamientos como entrenadores, con una paridad extrema. Barros Schelotto saca una mínima ventaja: dos triunfos a uno, con cuatro empates.

Los pibes que dieron la vuelta olímpica en los Juegos Panamericanos del 95, los que se rasparon hasta en un amistoso estival o se chicanearon para salpimentar un partido de la Liga de Estados Unidos, hoy se baten a duelo con las fichas o el fibrón, sobre la pizarra. Y le sumarán unas líneas a la relación de amor-odio que representa a dos clubes emblemáticos y ha dejado huellas tangibles en tres décadas de historia del fútbol argentino.

Fuente: INFOBAE

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Temas: Categorías: Selección Deportes Destacadas

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