La Academia ha presentado hoy dos importantes novedades que no han tardado en hacer arder las redes. ¿Tienen sentido las nuevas medidas?

Los Óscar desatan la polémica: cambian para seguir igual 1

Que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas tenga en cuenta las quejas y sugerencias de los espectadores y los aficionados al cine es una buena noticia. Que, en consecuencia, renueven y adapten la ceremonia de los premios Óscar a los tiempos que corren es más que bienvenido. ¿El problema? Que las novedades anunciadas durante el día de hoy son, en gran parte, sintomáticas de lo contrario, de que todo cambia para seguir igual.

Empezando por lo evidente, es indiscutible que el acortar la gala y buscar un mayor ritmo mediante la entrega de ciertos premios en las pausas publicitarias es una decisión lógica y valiente y que, a buen seguro, miles de espectadores agradecerán; en el comunicado de la Academia se afirma que, a lo largo de la gala, se proyectará un vídeo con el momento de la recogida del galardón de los premiados pero, a buen seguro, los artistas nominados, premiados e involucrados en las categorías relegadas (no anunciadas por el momento) no estarán contentos con esta decisión.

Y es que sí, diseñar una emisión televisiva atractiva para millones de espectadores (en España, sin ir más lejos, la entrega de premios suele comenzar a las tres de la madrugada) cuando se deben entregar 24 galardones es complicado, máxime cuando la mayoría de ellos no tienen demasiado interés para el público mayoritario; lo que no quita que relegar el momento más importante en la carrera de un artista al corte publicitario sea, como poco, despectivo para su disciplina. En este caso no hablamos de una decisión negativa per se pero sí de una potencialmente controvertida entre los profesionales de la industria.

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Pero, sin duda, el anuncio que más polémica ha levantado, pese a la poca información dada al respecto (o quizá por eso) es el de la nueva categoría a premiar, centrada “en películas populares” y, por lo que parece, funcionando como el premio del público. Sobre el papel, darle voz a la comunidad cinéfila de alrededor del mundo parece una decisión lógica e intachable pero, a expensas de saber más sobre el planteamiento de dicho añadido, es fácil verle las costuras a la propuesta.

Para empezar, parece que estamos ante un movimiento desesperado para que las películas que reinan en taquilla y copan las conversaciones de los consumidores de a pie tengan su presencia en la ceremonia sin alterar un ápice el statu quo establecido. Ha sido larga y duramente criticada la permeabilidad de los académicos ante nuevas corrientes y decenas de blockbusters que, por un motivo u otro, deberían haber estado nominados y/o haber sido premiados en pasados años. De esta forma, año tras año, la gala de los Óscar no hace más que perpetuar la existencia de dos cines, el culto y de prestigio que seguirá copando la categoría principal y, en un estrato inferior, el taquillazo y los blockbusters de turno que, a lo sumo, podían conformarse con la plétora de premios técnicos (como pasara con Mad Max: Fury Road). Y esta separación recuerda a la que se hiciera en su momento con el cine de animación, quizá más justificable entonces por lo incipiente y “escaso” de dicho mercado.

¿Acaso Toy Story 3, Inside Out o El viaje de Chihiro no podrían haber competido de tú a tú con El discurso del rey, Spotlight o Chicago? De hecho, si me preguntáis a mí, las tres son notablemente superiores que las elegidas como mejor película en sus respectivas ediciones. De la misma forma, generar una nueva categoría donde, a priori, irán a parar los grandes éxitos, casi a modo de premio de consolación, parece un tanto extraño. Lo más lógico, pues, pasa por renovar los criterios de evaluación, rejuvenecer el jurado y alejarse de fobias y prejuicios. Los hermanos Russo (Avengers: Infinity War) o Christoper McQuarrie (Misión Imposible: Fallout) podrían luchar por conseguir la estatuilla a mejor director al tiempo que, en el pasado, Logan, El caballero oscuro o La guerra del planeta de los simios pudieron y debieron hacerlo. Y si grandes éxitos no merecen estar entre lo mejor del año, no debería forzarse su presencia.

Como dato, tan solo dos de las ganadoras del Óscar a mejor película de los últimos veinte años superaron los 200 millones de dólares en USA, siendo éstas Titanic y El señor de los anillos: El Retorno del Rey. Yendo más lejos, ninguna película ganadora de dicho galardón en el último lustro ha superado los 65 millones en el mercado doméstico. Y no, esto no significa en absoluto que una película con menor recorrido comercial sea de inferior calidad o no merezca tales honores. Pero sí demuestra la creciente tendencia a disociar las películas populares y mainstream de las prototípicas candidatas al mayor galardón del cine.

Por último, llama la atención lo escueto e inconcreto del anuncio oficial por parte de la Academia y, en consecuencia, no parece descabellado pensar que estamos ante una probatura para comprobar la respuesta de la industria. Así, es más que probable que según las reacciones de la industria y del público, la Academia perfile estas dos grandes novedades de una forma u otra. Es evidente, sea como fuere, que las cifras preocupan: la del año pasado fue una de las ceremonias menos seguidas de la historia, con una caída del 20% de espectadores con respecto a la edición de 2017. Estas decisiones parecen acertadas para revertir dicho problema pero ¿son lo mejor para el mundo del cine? Es pronto para juzgar pero, desde luego, no lo parecen.

Javier Monfort

Fuente: HIPERTEXTUAL

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Temas: Categorías: Entretenimiento

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