Omar Salah (izqda.) y su hermano Mohamed, en su negocio junto a la
Omar Salah (izqda.) y su hermano Mohamed, en su negocio junto a la frontera de Beni Ensar que separa Melilla de Marruecos. JAVI MARTÍNEZ

No hace falta estar muy interesado por los coches para reconocer el Mercedes Benz 220C y el Mercedes Benz 190E. Son aquellos modelos de la firma alemana de los años 90, grandes y duros, más formales que suntuosos, que hace 15 años conducían algunos taxistas en las ciudades españolas. Y son, aún hoy, símbolos de la pequeña burguesía musulmana de la ciudad de Melilla, el negativo de la pobreza en la que vive parte de la comunidad más numerosa de la ciudad. «Lo de los Mercedes tiene una explicación. En Marruecos, las carreteras están llenas de baches. Un coche duro como un Mercedes viene bien. Los Toyota también tienen mucho éxito».

El autor de la frase es Omar, empresario musulmán melillense, que habla desde sus naves en un polígono industrial vecino a la frontera de Beni Ensar. Su opinión sobre los coches no es tan anecdótica como parece. Tampoco su aspecto: Omar viste camisa de Gant, pantalones vaqueros planchados y mocasines. Imagen pulcrísima en un escenario caótico y polvoriento. Es probable que su coche sea un poco más sofisticado que el Mercedes 220C. Vive en el Jardín Valenciano, un barrio de chalets al otro lado de la ciudad, entre vecinos cristianos, y algunos de sus hijos han estudiado en la península. En sus dos locales vende productos textiles y de bazar. Sus clientes son marroquíes que llevan mercancía desde España hasta su provincia, la más pobre de Marruecos. Su hermano, Mohamed, tiene otro local parecido a la vuelta de la esquina. En el camino de una tienda a la otra, Omar se queja de los vendedores callejeros que hacen difícil el paseo: «Estos no son melillenses, son marroquíes, es comercio ilegal que lo deja todo perdido».

«Las fortunas más grandes de Melilla las tienen ahora musulmanes». Es una frase que se oye casi obsesivamente cuando se llega a la ciudad. La dicen los cristianos, la dicen los judíos y los musulmanes también lo reconocen con la boca pequeña. Y la empresa de la ciudad que más factura a Hacienda lleva un apellido musulmán (Almacenes Tuhami, 42 millones de euros en 2016). Sin embargo, en su razón social sólo se puede ver un hotel muy modesto y una tienda de electrodomésticos de barrio que llevan el nombre de la familia.

«A Touhami padre lo conocí yo cuando empezaba. Se dedicaba a lo que llamábamos comercio de mantelete. El comercio de bazar. Pero el dinero lo están haciendo sus hijos con la construcción, no con la tienda», explica M. un veterano economista melillense. «Su historia es la de casi todos los musulmanes ricos de Melilla: empezó con el comercio minorista pero el negocio lo fue dirigiendo, poco a poco, al mal llamado negocio atípico, que deberíamos llamar comercio transfronterizo».

Un inciso: por comercio atípico se entiende el negocio de vender toallas, televisores, juguetes… lo que sea, a los marroquíes que no encuentran en su país ese tipo de productos y que cruzan la frontera con sus fardos llenos, siempre al límite de la importación. El negocio de Omar, por ejemplo. La mercancía se vende como comercio al por menor aunque, viaje a viaje, construye la mayor riqueza de una ciudad sin industria ni agricultura.

Musulmanes ricos

¿Desde cuándo hay musulmanes ricos en Melilla? «Siempre hubo algunos casos», explica Tahjar, propietario de una tienda de souvenirs del centro de la ciudad. Gente que se fue a Canarias cuando el boom del turismo e hizo un capital, comerciantes que eran más hábiles y que se aprovecharon del puerto franco… «Pero sólo a partir de los 80 empiezan a ser visibles. Hasta los 80, la época de las protestas de [Aomar] Dudú, los musulmanes no teníamos pasaportes ni podíamos tener propiedades. Cuando los conseguimos, empezaron a caer muchos complejos».

En esa época, el viejo negocio de bazar fue evolucionando hasta convertirse en comercio de frontera. Y en ese nuevo juego, los musulmanes tenían ventaja sobre sus competidores judíos o hindúes, los tradicionales ricos de Melilla. Conocían el idioma y las costumbres de sus clientes y a veces eran sus primos, eran más baratos y más ágiles…

Surgió entonces el personaje clave de esta historia, una figura casi folclórica que los melillenses cristianos y judíos llaman «el morito cerveza». Es decir: la segunda generación de comerciantes musulmanes, mucho más cualificados que sus padres y más seguros de sí mismos, que, desde los años 90, empezaron a codearse con los haromi (los no musulmanes) en los círculos burgueses de la ciudad. Hacían negocios con ellos, vestían como ellos, se iban a vivir a sus barrios, llevaban a sus hijos a los mismos colegios, se hacían socio del Club Marítimo… Y, por las noches, se tomaban una cerveza con sus socios y puede que un plato de jamón. Por eso, lo del morito cerveza.

Un ejemplo que lo explica todo: «Antes, en Melilla había cambistas», explica Tachar. «Gente que se dedicaba a comprar divisas a mejor precio que los bancos. Muchos de ellos, se convirtieron en prestamistas y llegaron a manejar mucho capital. Hasta los comerciantes hindúes más grandes de la ciudad llegaron a pedirles dinero». Hoy, esa anomalía está terminada: si su negocio necesitara capital, Tachar recurriría a los mismos bancos que operan en cualquier ciudad española.

«Un director de sucursal me dijo una vez que Melilla es un destino maravilloso porque todo el mundo tiene decenas de avales. Como no hay tiendas de lujo ni muchos restaurantes, ni gran cosa en la que gastar, todas las ganancias se invierten en casas y coches», explica M., el economista consultado.

Omar, por ejemplo, tiene algunas inversiones en Marruecos, naves industriales, sobre todo. Se queja de que la frontera cada vez es menos ágil y señala al Murías Parque Melilla, un centro comercial vecino promovido por empresarios vascos. Un mall con tiendas de franquicia como Decathlon, Burger King, Eroski… «Les prometieron 70.000 personas cruzando este paso al día. Ni de broma estamos en esas cifras. Tenemos que presionar mucho entre todos para que esta frontera sea más ágil porque es la única riqueza de Melilla».

A pesar de sus preocupaciones, Omar tiene las maneras de un empresario lleno de confianza en sí mismo. Parece el perfecto nuevo musulmán, exitoso e integrado. Probablemente, lleve por dentro algunas preocupaciones de las que no se cuentan tan fácilmente. «El modelo del morito cerveza entró en crisis en 2008. Con los problemas, todas las cabras tiramos a nuestro monte: los cristianos, más cristianos, los judíos más judíos y los musulmanes, más musulmanes. Muchos musulmanes que estaban en Europa y que se habían quedado sin trabajo, volvieron a Melilla, porque aquí, un subsidio de desempleo alemán, da para mucho», cuenta M.

Repatriados a Marruecos

Y prosigue: «Hay una cosa que no se dice nunca y que es importante. El islamismo no entró en Melilla desde Marruecos. Entró desde Europa con los repatriados que se habían radicalizado en Bélgica, en Alemania o en la Península». El resultado, en cualquier caso, fue un cambio de las reglas sociales. El empresario musulmán que se mimetizaba con los cristianos empezó a encontrarse con la censura de su comunidad. Los vecinos, los cuñados y los primos empezaron a afearles su modo de vida. Ya no bastaba con ir los viernes a las mezquitas para cumplir.

«Cada uno se ha adaptado como ha podido. Hay gente que intenta llevar un doble juego, ser un piadoso en su barrio y un hombre despreocupado en el Club Marítimo. Pero hay cosas que han cambiado. Ahora, los negocios en sociedad entre judíos y musulmanes lo tienen muy difícil por esa presión», cuenta M. «Sociedades de musulmanes y cristianos conozco; sociedades de musulmanes y judíos, en este momento, no se me ocurre ninguna, en este momento», añade Tahjar.

Esa presión también afecta a la política. Omar dice que vota al PP, pero que su voto es pragmático. El partido que se comprometa a aligerar la frontera tendrá su voto. «Bueno. Una cosa es que digan que votan al PP y otra es que lo hagan. Muchos de esos empresarios se han vuelto a vivir a barrios musulmanes. Sus casas parecen muy modestas por fuera pero luego son como palacios por dentro», cuenta M. «Y en esos barrios todo está un poco controlado; si hay 250 votos en cada mesa electoral, es más o menos fácil adivinar quién vota por los partidos no musulmanes».

Quizá sea un reflujo pasajero. Los hijos de estos empresarios, nietos de tenderos que ni siquiera podían comprar la casa en la que vivían, estudian en la Península y en el Reino Unido. Son profesionales cualificados y cosmopolitas que en los próximos años heredarán los negocios familiares y tendrán que romper los últimos tópicos.

LUIS ALEMANY

Fuente: EL MUNDO

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