Una joven bodega planta cara en las catas al gran vino español por excelencia: viajamos a la comarca de Haro para descubrir cómo obtienen sus “uvas mágicas”

Un cardo crece sin parar entre las viñas de La Rioja. En el Barrio de la Estación de Haro se instaló hace tres décadas Bodegas Roda. Su logotipo se inspira en la flor espinosa, que además da nombre a su vino estrella: Cirsion. Así, con el vocablo latino de cardo, bautizaron en la bodega a este proyecto que comenzó en 1995, aunque las primeras botellas que salieron al mercado son de la cosecha de 1998. Desde entonces han pasado 20 años, pero apenas se han comercializado 15 añadas. “Las uvas son el 90% del éxito o del fracaso de un vino y en el caso de Cirsion todavía más porque la materia prima tiene una importancia tremenda. Somos conscientes de que hay años en que no somos capaces de encontrar esta materia prima tan peculiar”, explica Carlos Díez, jefe de Enología de la bodega.

Isidro Palacios es el responsable de la búsqueda de las “uvas mágicas”, como las denomina en alguna ocasión. Nació en Rodezno, un pueblo de la comarca de Haro, y trabaja como director de Viticultura de Roda desde 1992. Basta verlo moverse entre cepas nevadas, en una de las mañanas más frías del persistente invierno, para darse cuenta de que hay pocas cosas que no conozca del terreno que le rodea. Pero hay al menos una cosa que desconoce: si en las plantas desnudas que observa –“cepas viejas de más de 70 años”, precisa- habrá o no uvas Cirsion. “Podría haberlas pero aún es pronto para saberlo”, zanja.

“Uvas Cirsion”, “mágicas” o “extraordinarias” son tres de las maneras con las que el personal de Roda se refiere al fruto más preciado de su vendimia. El misterio se remonta a un descubrimiento de 1995 y es hora de resolverlo. “Se observaron ciertas uvas en las cuales aparecían unas condiciones un poco particulares: son granos con una gran concentración, con una gran plenitud”, relata el enólogo Díez. Tras meses de trabajos del departamento de innovación de la bodega, que contó con la ayuda de un grupo de expertos de la Universidad de Salamanca, “se llegó a la conclusión de que las plantas que dan este fruto diferente están relacionadas con un proceso de polimerización [uno de los procesos químicos de la elaboración del vino, que normalmente sucede en la barrica] que se inicia ya en estas uvas”.

Si la añada se da bien, Isidro y una cuadrilla especializada de menos de diez personas recogerán manualmente las uvas seleccionadas en la próxima vendimia. Una vez entren en bodega, gran parte del cuidado dependerá entonces de su mujer, Esperanza Tomás. Ella está al frente del equipo de I+D+I de Roda, encargado de los análisis diarios que hacen de todos sus vinos. Aquí se gestó la construcción, en el año 2000, de la primera nave de fermentación maloláctica del mundo con suelo radiante y refrigerante. “Lo hicimos a través de un proyecto europeo, fue muy bonito -recuerda Tomás- lo desarrollamos con Alemania y Francia y después nos pedían referencias de todas partes por lo innovador que fue”. La instalación permite realizar la segunda fermentación de los caldos en 1.200 barricas de roble de 225 litros, en lugar de hacerla en otros depósitos más grandes como es habitual. “El hecho de que el vino esté en contacto tan pronto con la madera da lugar a unos vinos mucho más cremosos”, afirma el enólogo.

Con todas las premisas anteriores parece sencillo que Cirsion 2015, el último que han comercializado, haya llegado al olimpo del vino. Los expertos del Anuario de Vinos de EL PAÍS 2018 le dieron 100 puntos sobre 100. La máxima puntuación junto con Vega Sicilia “Único” 2006. A Carlos Díez, a quien le gusta definir Roda como “el clásico de los modernos”, no le incomoda la comparación con la centenaria bodega de Ribera de Duero: “Es una satisfacción poder ser compañeros de uno de los grandes vinos de este país”. Pero al preguntar qué tiene de especial el 2015, se descubre que en el mundo del vino nada sucede de manera evidente. “Climatológicamente fue la añada perfecta”, sintetiza el enólogo. Sus palabras recuerdan que todo el trabajo de la bodega depende al final de factores tan incontrolables como el tiempo. A pocos kilómetros de la bodega, en una partida situada a los pies de la Sierra de Toloño, Isidro consuela a quienes caminan entre surcos helados con un viento que amorata la cara en pocos segundos. “Esta nieve nos viene bien”, zanja.

José Luis Aranda, El País

Fuente: EL PAÍS

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