Marcos MorenoAFP
Marcos MorenoAFP

Las noches en Misnana han cambiado mucho en unas semanas. El barullo habitual en este barrio de inmigrantes al norte de Tánger ha dejado paso al silencio provocado por el miedo. Los subsaharianos apenas salen de sus casas. Otros muchos se han mudado a campamentos improvisados en los bosques cercanos. «Nos están deteniendo a todos. Miles de hermanos han desaparecido. Nos meten esposados en autocares y nos dejan tirados en ciudades del sur como Tiznit o Agadir. No podemos más», cuenta el guineano Barry.

Aunque no todos los subsaharianos muestran quejas por la nueva política migratoria de Marruecos. En Boukhalef, barrio colindante a Misnana, vive Tomy (nombre ficticio). Es de Camerún y dentro de los eslabones de las mafias de las pateras le consideran un «guía». Se encarga de preparar toda la logística de la salida al mar: reunir el material (patera, remos y chalecos) y a los inmigrantes; fijar los puntos de las playas desde donde saldrán las pateras, buscar los transportistas que llevan a los hombres y mujeres hasta esos puntos… «Seguramente, durante este otoño, seguiremos teniendo muchos clientes. Ahora todo el mundo sabe que acercarse o saltar la valla de Ceuta o Melilla supone que te pillen y te envíen al sur. Por eso ahora todos están como locos de salir por mar. Y aquí estoy yo para ayudarles y que todo vaya bien», cuenta con ironía el camerunés. «La Policía marroquí lo está haciendo muy bien. Les dejan en ciudades como Fez, Rabat, Agadir… Así se buscan un oficio por allí, ahorran algo de dinero y vuelven a Tánger. Luego hacemos nosotros el resto del trabajo».

Todo cambió a principios de agosto. Antes, tras el cambio de Gobierno en España, las relaciones con Marruecos se empezaron a tambalear. Con la crisis migratoria de telón de fondo, el histórico idilio entre el reino de Mohamed VI y los socialistas se debilitó. Tanto que Zapatero y Moratinostuvieron que mediar durante la Fiesta del Trono. Después, la Comisión Europea se comprometió a ayudar a Marruecos para controlar la presión migratoria en el norte de África. Desde Rabat dieron órdenes a sus fuerzas auxiliares para que dejaran de levantar la mano con las salidas de las pateras. Y llegó el encuentro en Doñana entre Sánchez y Merkel, donde acordaron que del fondo fiduciario para África se sacarían 130 millones de euros para que el país vecino pudiera blindar sus fronteras. Y las nuestras.

El ministro Grande-Marlaska pasó de la idea de quitar las concertinas de las vallas de Ceuta y Melilla a devolver a los 116 inmigrantes que saltaron el 26 de julio. Y Marruecos reaccionó, a su manera, con el beneplácito de Europa, haciendo batidas masivas y violentas en los barrios y bosques donde habitan los inmigrantes. Los políticos marroquíes dicen que forma parte de su lucha contra las mafias. Pero, en realidad, el efecto cae a la inversa. Aquellos que se llenan los bolsillos mandando a los subsaharianos al mar aseguran que ahora tienen más clientes que nunca.

Tomy, el «guía» de las mafias, lo tiene claro: «Yo he llegado a cruzar un par de veces a Ceuta pero siempre vuelvo. Marruecos es mi país, me llena los bolsillos de dinero. No quiero ir a Europa, aquí vivo con más de lo que necesito y envío dinero a mi familia», asegura. Él se lleva una comisión de unos 7.000 dirhams (631 euros) con cada patera que envía a las costas andaluzas. «Yo no tengo ningún problema para escapar de la policía cuando hacen redadas. En realidad ellos son la auténtica mafia de todo esto. Con que les des 200 dirhams (20 euros) te sueltan. Hace unos días, en uno de los autobuses, los policías empezaron a preguntar cuánto dinero tenía cada inmigrante. Entre todos reunieron 1.200 dirhams y dejaron que se bajaran todos», sentencia.

Al lado de Tomy está otro chico camerunés, Michel, que se encarga de llenar las plazas de las pateras y guardar el material en su casa. «La semana pasada, la policía entró en mi casa y se llevaron todo lo de valor, hasta los cigarrillos. Conseguí guardar 50 euros en mis pantalones y, tras un rato en comisaría, se lo di a un agente para que me soltara junto a mi primo», recuerda. «Después estuve buscando a mi mujer y a mi hija de dos años, pero no las encontré. Lo siguiente que supe es que la Policía las había subido a un autobús rumbo al sur del país. Quiero que vuelvan a Tánger porque tengo miedo de que violen a mi mujer».

“Lo que hicieron los ‘black’ no está bien”

Tomy, el «guía», interrumpe con soberbia la conversación. «Los policías marroquíes son mis amigos, comen del plato que les doy. Ellos cobran muy poco, por eso nos ayudan si les pagamos bien. Cuando trabajan con nosotros es para cuidar a las personas que quieren salir por mar, es para que a los blacks no les pase nada malo», cuenta el camerunés, que sentencia la conversación hablando de los últimos saltos a la valla de Ceuta. «Lo que hicieron los blacks en la valla no está bien (usando botes de cal y heces), nosotros no lo defendemos, pero sí es cierto que en nuestro caso nos ayuda a tener más negocio. Los chicos no se atreven a acercarse a la valla por miedo a que los devuelvan, así que no les queda otra que pasar por mar».

Las mafias de las pateras reconocen que ahora se «frotan las manos». A más redadas de la Policía marroquí o devoluciones en caliente por parte de España, más desesperación y más dinero que les entra para salir por el Estrecho o el mar de Alborán. Un mensaje que choca con lo que defendió el ministro Marlaska la semana pasada en el Congreso: «La cooperación hispano-marroquí pretende luchar contra las organizaciones que trafican con personas. Hemos querido trasladar un mensaje a las mafias: que la inmigración ordenada es posible». Una reflexión que no encaja si miramos, por ejemplo, algunas cifras de esta semana. Tan sólo el miércoles llegaron 501 inmigrantes a las costas andaluzas. Otros cinco se ahogaron al intentarlo. Hasta el 31 de agosto, han llegado a España por mar 28.620 inmigrantes, un 163 % más que el año anterior.

LUCAS DE LA CAL, TAREK ANANOU

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: España Mundo

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