La ministra de Justicia, Dolores Delgada, durante la sesión de
La ministra de Justicia, Dolores Delgada, durante la sesión de control JAVI MARTÍNEZ

Dicen que no se puede votar a quien se conoce. Y a Dolores Delgado ya la conocemos demasiado. Aunque sea ilícitamente. Hemos rebobinado muchas veces su “maricón” (a Marlaska) y la hemos escuchado regodearse por el puticlub que montó el comisario Villarejo. También contarle que había jueces y fiscales que menoreaban en Colombia. Es verdad que nadie, desde la corrección política, aguanta una grabación privada. El problema de Delgado sin embargo es otro. La hemos escuchado más en privado que en público. Como si Ortega Cano hubiese cantado el “tan agustito” antes de hacerse torero (muy valiente, por cierto). Así es difícil tomarse en serio la faena.

Lola (así la llama Balta) pidió compadecer -perdón, comparecer- en la Comisión de Justicia. Llegó con uniforme de fiscal -traje, camisa blanca- y los ojos pintados. Caminaba muy dicharachera, saludando y besando a todos con los que se cruzaba. Cualquiera hubiera dicho que estaba llegando a la marisquería Rianxo para largar con la cloaca pero no… Delgado estaba compareciendo en el Congreso de los Diputados.

Como no podía ser de otra manera, la ministra tuvo la cara de empezar recordando el número de víctimas de la “violencia machista” en España. Quizás no se acordaba el representante de Podemos en la Comisión que, en febrero de 2018, el Ayuntamiento de Carmena amplió la consideración de víctimas de la violencia de género a las prostitutas. “Éxito asegurado”, le dijo Lola a Villarejo cuando éste le comentó sobre la agencia de escorts que había montado.

Después se alzó como una reina sol afirmando que el Estado era ella.

Como no podía ser de otra manera, Delgado se erigió luego como víctima del chantaje de la cloaca y de la “derecha, la extrema derecha y la extrema extrema derecha” (el hallazgo debió de gustar a Balta, porque lo repitió tres veces) que, según ella, pretende impedir que el “gobierno decente” prosiga su “regeneración”. Con d.

Pero es difícil creer nada del Gobierno del doctor Sánchez. Y mucho menos cuando la ministra tuvo la osadía de terminar su discurso aludiendo a la “recuperación de la jurisdicción universal”, chiringuito, ya lo sabemos, de su querido (Emilio) Garzón. No hay que olvidar que el ex magistrado y la ahora ministra también estuvieron de cacería con el ministro Bermejo en los prolegómenos del caso Gürtel. Delgado trató de explicar la famosa mariscada con Villarejo como una comida lógica en la relación que como fiscal mantenía con los policías. La creeríamos si no hubiéramos escuchado las grabaciones ilícitas y el compadreo que evidenciaba sus conversaciones con Villarejo que, por cierto, pagó la cena. Por supuesto, dijo que el comisario había trabajado con Fernández Díaz, pero quiso olvidar que también lo había hecho con Rubalcaba.

Para terminar, esgrimió ser mujer para explicar los ataques de la “derecha, la extrema derecha y la extrema extrema derecha”. Imposible imaginar mayor desfachatez.

Después comenzaron las preguntas de los diputados. Prendes, representante de Ciudadanos, le preguntó -“y no me voy a meter en el contenido”- cuándo se dio cuenta de que Villarejo era un policía corrupto. La respuesta era evidente: en las grabaciones de 2009, Villarejo cuenta a la entonces fiscal Delgado alguna de sus tropelías.

Moro, la diputada del PP, le dijo a la ministra que dejara de esgrimir ser mujer y la acusó de haber hecho “una de las intervenciones más sectarias que se recuerdan en este Parlamento”. Y entró en el meollo del asunto. Las mentiras que profirió la ministra respecto a la relación de Villarejo, “a quien dijo no conocer” en un primer momento. “Usted tenía trato con la mafia”, insistió Moro.

A Delgado le tocó replicar. Entonces perdió ese tono seguro con el que inició su comparecencia. Llegaron los titubeos y los macarrismos. “Yo no he dicho que me hayan chantajeado -porque no tengo nada que ocultar- sino que se me ha intentado difamar”, dijo muy Lola Puñales. “Yo no he trabajado con el señor Villarejo. Ni soy su amiga. Solo asistí a una comida invitada por un compañero de la Audiencia”. Acusó a Moro de traspasar “todas las líneas rojas” y dijo que nunca renunciaría a “ser mujer”. Lo lógico. Ya sabemos cómo piensa de sus congéneres por las grabaciones. “Los hombres son transparentes”.

No se puede votar a quien se conoce. Y a Delgado la conocemos demasiado. Nunca debería haber sido así. Por eso la aguanta en su gobierno decente el doctor Sánchez. Porque su ministra de Justicia es invotable.

EMILIA LANDALUCE

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: España Mundo

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