Antonio de Oliveira Salazar en una fotografía de 1968. AFP
Antonio de Oliveira Salazar en una fotografía de 1968. AFP

En agosto de 1968 el dictador António de Oliveira Salazar llevaba 36 años al mando de Portugal.

Durante esas tres décadas y media el líder autoritario -un destacado catedrático de Economía de la Universidad de Coimbra que había sido llamado a ocupar la jefatura del Gobierno tras un golpe militar- había puesto fin al caos político y financiero de la República -que había tenido 45 gobiernos en apenas 16 años-. Su régimen nacional-católico del Estado Novo disfrutaba de una envidiable estabilidad económica, éxitos salvaguardados por una policía secreta que reprimía toda oposición al dictador.

En el ámbito diplomático, Salazar había logrado auténticos milagros al mantener Portugal en paz en el periodo más complicado de la historia reciente de Europa. Evitó involucrarse en la Guerra Civil Española, y pese a la considerable presión ejercida tanto por parte de Hitler como por los Aliados, el mandatario luso también había mantenido la neutralidad lusa durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras el país vecino se mantuvo al margen del conflicto, sus ciudadanos se forraron haciendo negocios con todos los bandos.

En la posguerra inmediata, el dictador se había mantenido a flote, consiguiendo la adhesión de Portugal a la OTAN y el Plan Marshall. En pleno proceso de descolonización, había resistido los intentos de desmontar el todavía potente Imperio Portugués, con colonias en África y Asia. Sin embargo, con la llegada de la década de los 60, ese sistema se empezaba a quebrar, primero con la conquista india de la isla de Goa en 1961, y después con el estallido de la Guerra Colonial en Guinea-Bissau, Angola y Mozambique. El desgaste del régimen era cada vez más evidente, al igual que era obvio el deterioro físico del hombre que lo lideraba. A sus 79 años, era imposible que Salazar siguiera siendo “ministro de todo” indefinidamente.

Una caída determinante

El principio del fin llegó cuando el dictador sufrió una caída desdichada hace justo medio siglo. Como hacía cada año, aquel verano Salazar había huido del calor de Lisboa al Fuerte de Santo António de Estoril, una fortaleza mandada construir por Felipe II durante los 60 años que Portugal formó parte del Imperio Español. Las hermosas estancias, decoradas con azulejos narrando Los Lusiadas de Camões, tenían impresionantes terrazas con vistas inigualables del Atlántico.

Fue precisamente en una de esas terrazas que el dictador sufrió su caída cuando su callista se preparaba para atender sus dolencias ortopédicas al aire libre. El anciano calculó mal la distancia a la que se encontraba la silla de playa en la que se pretendía sentar, y en vez de caer sobre la tela de la tumbona, se desplomó sobre el suelo, golpeando su cabeza contra la piedra. Aunque Salazar inicialmente restó importancia al impacto sufrido y siguió con su vida normal, presidiendo una reunión del Consejo de Ministros semanas más tarde, a principios de septiembre sufrió un terrible dolor de cabeza y fue trasladado al hospital, donde se le diagnosticó una trombosis cerebral.

La operación para aliviar el hematoma se realizó con éxito, pero días después el dictador entró en coma al sufrir un derrame cerebral. Despertó unas semanas más tarde, pero con medio cuerpo paralizado y las funciones cognitivas gravemente afectadas. El presidente del Gobierno no tuvo más remedio que dar paso a su sucesor, Marcelo Caetano.

En una situación que recuerda a ‘Goodbye Lenin!’ -el conocido film sobre un joven que oculta la caída del Muro de Berlin a su madre comunista-, los líderes del Régimen optaron por no informar a Salazar sobre su relevo para no provocarle un disgusto mortal. Su desafortunado estado se convirtió en un escándalo internacional en 1969, cuando Roland Faure, periodista del diario francés ‘L’Aurore’, consiguió entrevistarle y reveló que el anciano -ya incapaz de andar solo, y prohibido de escuchar la radio o leer periódicos- seguía convencido de que era el “dueño de Portugal”.

El principio del fin

El país vecino se interesó poco por el estado del dictador jubilado, que moriría en julio de 1970; los ciudadanos estaban enfocados en el empeoramiento de la Guerra Colonial, ‘el Vietnam portugués’. El sucesor de Salazar, Marcelo Caetano, fue incapaz de cambiar el rumbo del conflicto, y cuatro años después de la muerte del dictador las Fuerzas Armadas se alzaron contra el régimen. El golpe de Estado -hoy conocido como la Revolución de los Claveles- dejó el camino libre para la llegada de la democracia a tierras lusas.

Medio siglo después de la caída que desencadenó el fin del Estado Novo, el país vecino se ha volcado en la conmemoración del suceso. Además de reportajes especiales en todos los periódicos lusos, el Estado ha marcado la ocasión restaurando y reabriendo el Fuerte de Santo António, abandonado desde los años 90. Ahora el público ahora puede visitar las antiguas estancias del dictador e incluso ver la que supuestamente es la famosa silla que Salazar no consiguió alcanzar.

La conmemoración más audaz del aniversario ha sido la de la Sociedad Portuguesa de Ortopedia y Traumatología (SPOT), que esta semana ha lanzado la campaña ‘No caigas en eso’, alertando a los ancianos sobre el peligro de sufrir tropiezos con consecuencias fatales. Aunque la SPOT asegura que el lanzamiento de la campaña cuando se cumple medio siglo del accidente es una coincidencia casual, no hay luso que oiga hablar de una caída de una silla y no piense en aquel desplome que llevó al fin de Salazar y su largo régimen dictatorial.

AITOR HERNÁNDEZ-MORALES

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: Mundo

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