El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en el pleno del
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en el pleno del Parlament. Andreu DalmauEFE

En otra soberbia intervención, la líder de la oposición en el Parlamento intermitente de Cataluña y del partido más votado en la región, Inés Arrimadas, repitió al supremacismo la semana pasada lo que le había advertido hace un año, cuando el PP gobernaba España: «No confunda la debilidad del Gobierno con la de nuestra democracia». Los nacionalistas tienden a hacerlo. Pero ahora sabemos que su fractura se debe precisamente a la consideración en torno a la potencia del Estado. No hay una corriente moderada y otras radicales; una posibilista y otras idealistas o impetuosas; una de mínimos y dos máximos.

El supremacismo catalán se divide hoy entre quienes creen en la contundencia de la Ley y la sufren o temen sufrirla en sus carnes; y los que la desafían y juguetean en el alambre sintiéndose rehenes de las aspiraciones de un prestidigitador iluminado, huido de la Justicia, que la ha regateado unas cuantas veces y ha engañado a todos con sus trucos y manejos. No hay programa común porque prima el instinto de supervivencia. He aquí el triunfo de la Ley, la Justicia, el Estado y su poder de coacción.

Quebró la voluntad de Torrent. No se troncha la de Torra porque considera que tiene dos ases: apretar a Sánchez y disolver el Parlament. Son ases de pega. Si retira el sostén a Sánchez, el presidente hará de la necesidad virtud y se vanagloriará de no haber cedido al chantaje nacionalista. A regañadientes, convocará elecciones después de haberle cogido tanto gusto al mando. Ahora sabemos que un rasgo de la personalidad de Sánchez es que cree que merece gobernar sin necesidad de ganar elecciones, que son un engorro que incomoda y obstaculiza la excelencia de su mandato, que para él es su misión.

Cuando Torra amenaza -una vez por semana-: «El crédito de Sánchez se ha acabado», admite que es el suyo el que se agota. Por eso eleva la apuesta y suplica mantener vivas todas las fechas y espíritus «eléctricos», el del 1-O y 27-O. Llama a la desobediencia pero no se atreve a desobedecer del todo. Es un agitador, cada vez más un Puigdemont, abrasado y estéril, amarrado a la punta del mástil que le sujetan la CUP y los CDR. Torra sólo dispone de la suerte del envite para mantener prietas las filas del desafío. Se le ofrecen los Comunes, pero esa mano, con la que siente «sintonía», le ahoga porque disuelve su simulada recia hidalguía y muestra sin querer que ejerce de escudero. Reconoce que la huida de su señor y los políticos en prisión están «contaminando toda la esfera política». Asume que la humana inclinación a subsistir vicia la distopía supremacista.

«Tengo prisa por sacar a los presos» y «me muero de ganas de abrazar a Puigdemont y a Marta Rovira aquí, en el Parlament». Su retórica es conmovedora; su urgencia y ganas, dudosas y cuestionables. La diferencia entre ERC y el conglomerado de acrónimos que respalda a Torra es que ERC ha renunciado a la poética y Torra no quiere renunciar a la Generalitat. Aguantará mientras pueda demarrar e inflamar para marcar distancias con ERC y desgastarla. Cuando crea que mantiene la hegemonía del espacio rebelde, convocará, escapará o aceptará sumiso -como Mas– que la libertad de los ciudadanos se basa en el derecho de legítima defensa del Estado.

JAVIER REDONDO

Fuente: EL MUNDO

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Temas: Categorías: España Mundo

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