Galería de Jaume Bagot, en el centro de Barcelona. Joan Sánchez
Galería de Jaume Bagot, en el centro de Barcelona. Joan Sánchez

Cuando Marco Antonio regresó victorioso de la campaña armenia, Alejandría le recibió con una fiesta como no se recordaba en mucho tiempo. Cuentan las crónicas que desfiló por las calles junto a Cleopatra ante el fervor ciudadano. Y decidió acabar la celebración repartiendo entre sus hijos títulos nobiliarios y territorios. A sus seis años, la pequeña Cleopatra Selene fue coronada reina de Cirene. Una ciudad fabulosa, fundada por los griegos, que se había convertido en una de las joyas del Roma. Todas las culturas del Mediterráneo pasaron por esa fértil zona de Libia dejando sus huellas y sus tesoros. Siglos después, los tesoros han sido expoliados. Los dioses ya no reinan en los templos de Cirene donde eran adorados, ni las esculturas funerarias decoran una de las mayores necrópolis de la Antigüedad.

Algunas de esas piezas han aparecido en el almacén de un afamado anticuario barcelonés, Jaume Bagot. Con solo 31 años tiene una reputación que muchos otros tardan décadas en conseguir. En las vitrinas de su floreciente negocio en el centro de la ciudad exhibe bustos de emperadores, bronces de Júpiter o de Atenea, mosaicos de villas romanas, cerámicas griegas y hasta sarcófagos egipcios. Empezó a los 12 años coleccionando monedas y antes de cumplir los 18 años ya había abierto su primera tienda de antigüedades. Su carrera fue fulgurante. 2013 fue su año dorado: se trasladaba a un nuevo local en la zona de las galerías más prestigiosas y asistía a la feria de antigüedades más importante de Bruselas. Era el único español. Todo un triunfador.

Hasta que a finales de marzo, cincuenta agentes de la policía registraban su galería en Barcelona, su almacén, su taller de restauración y su llamativa villa en Argentona. No solo le acusaban de tráfico de antigüedades, también de financiar al ISIS con el dinero que pagaba por ellas. Detenido junto a su socio, Oriol Carreras, Bagot fue llevado a la Audiencia Nacional. Quedó en libertad con cargos tras pagar una fianza de 12.000 euros, lo mismo que cuesta, por ejemplo, una de las piezas más baratas de su catálogo: una cabeza de Heracles del siglo I a.C.

Uno de los mosaicos procedentes de Libia intervenidos por la Policía Nacional
Uno de los mosaicos procedentes de Libia intervenidos por la Policía Nacional en Barcelona CNP

La Brigada de Patrimonio Histórico llevaba trabajando en el caso desde octubre de 2016, cuando recibió una petición de ayuda de la policía italiana para seguir la pista de un sarcófago egipcio que había pasado por España. Pocos meses después, fueron apareciendo los vínculos de financiación del terrorismo y la Comisaría General de Información se sumó a la operación. Las sospechas eran claras, probarlo más difícil. Fernando Porcel, inspector jefe de la Brigada de Patrimonio Histórico sostiene que es la primera vez que se encuentran pistas suficientes para trazar la cadena que va desde la elegante galería de un anticuario hasta el que se lleva la pieza pagando a los señores de la guerra en Cirene. Bagot, que no ha querido hacer declaraciones a este diario por consejo de sus abogados, alega que no conocía la procedencia real de sus tesoros. “Todavía me acuerdo que después de todo el día con los registros, cuando nos despedíamos me dijo: ‘Pero, ¿en qué cabeza cabe que voy a financiar yo el terrorismo?”, explica Fernando Porcel. Pero la pregunta que la policía se hacía era otra: ¿en qué cabeza cabe que un especialista en arte griego y romano desconozca de donde procedían?

Marc Balcells es profesor de criminología de la UOC y colabora con ARCA, una asociación internacional que investiga crímenes contra el arte. “Ya no podemos decir que hay el mismo desconocimiento que hace 30 años”, comenta, “lo que pasa es que el colectivo de los anticuarios es un gremio muy pequeño, en el que se ha trabajado durante mucho tiempo con mucha impunidad”. Explica Balcells que, durante años, contrabandistas de guante blanco y fama intachable se han valido de su prestigio social para ocultar sus negocios más turbios. Delincuentes invisibles que sacan beneficios de lo que los libios llaman tesoros silenciosos.

La planta delatora

Ni una piedra se movía en Libia sin el permiso de los islamistas radicales. Lo explica el jefe del Grupo 2 de la Brigada de Patrimonio Histórico: “para extraer esas piezas, los expoliadores tienen que tener un permiso expedido por el ISIS. Y eso está documentado”. Esa es una de las pruebas del vínculo entre el tráfico de arqueología y la financiación de terrorismo. Otra, los suministradores. La policía ya tiene identificados a cuatro que trabajaban regularmente con Bagot y con otros anticuarios europeos.

Pero no bastaba con seguir la pista del dinero, también había que seguir la de las piezas. Acreditar que pertenecían a esa zona de Libia. El rocambolesco trayecto que hacían desde Cirene, pasando por Emiratos Árabes Unidos hasta Tailandia para acabar en Europa, levantó las sospechas de los investigadores. “Si fuera tan legal”, dice el Inspector Jefe Fernando Porcel, “la importación sería desde Trípoli o desde Bengasi”.

Además había un rasgo estilístico único que delataba inequívocamente la procedencia. Un motivo floral que se repetía en muchas de las esculturas funerarias de Cirene. Se trataba de una planta de propiedades legendarias que los romanos veneraban y que hizo rica a la región. Julio César llegó a guardar 680 kilos como tesoro. Servía para condimentar la comida, para alimentar el ganado y que su carne resultara más jugosa y como anticonceptivo. Tanto la explotó Roma que se extinguió en el siglo I. Aunque ya no exista ha obrado su último milagro: convertirse en testigo de cargo de una investigación.

Más allá de las riquezas de petróleo y gas, las tierras de la región de Cirene guardan otro recurso de valor incalculable: los restos de su pasado. Conscientes de su importancia, las autoridades libias colaboraron desde el principio con la policía española en el caso Bagot. Han aportado datos de los yacimientos, datación de las piezas y a expertos arqueólogos que pueden acreditar su procedencia. El asunto era prioritario tanto para Libia como su para el encargado de Negocios de la Embajada en Madrid, Walid Abuabdalla. “Un grupo se encargaba de vender, otro de comprar y un tercer grupo se encargaba de llevar las piezas de un sitio a otro. Una persona que se lleva una pieza que es parte del legado mundial debería ser condenada. Es un crimen contra la humanidad”, explica en su despacho en Madrid mientras muestra en su móvil fotografías de la operación. Con cierta tristeza, destaca el estado en que aparecieron algunas de esas esculturas griegas y romanas. Todavía con la tierra de las excavaciones, dañadas por el trabajo apresurado de los expoliadores. Walid Abuabdalla no menciona a Bagot por su nombre. No lo pronuncia ni una sola vez. “La persona que ha sido detenida en Barcelona no era un traficante normal y corriente, era una de las cabezas que dominaba el tráfico de piezas arqueológicas, la venta y la comercialización”, dice. No entiende que a un experto no le extrañara que una escultura de 3000 años de antigüedad fuera vendida por solo 2.000 dólares, ni le llamaran la atención los daños evidentes que habían sufrido las piezas al ser retiradas apresuradamente. En la Brigada de Patrimonio Histórico insisten en lo mismo, el material confiscado a Bagot solo puede venir de Libia. Hay rasgos estilísticos evidentes que lo acreditan.

“No es más que la punta del iceberg”, explica Walid Abuabdalla, “Es toda una red que está en América, está en Europa. El asunto no va a quedar aquí, va a seguir. Calculamos que hay entre 19 y 23 piezas que están en Europa y más de la mitad, en España. Me causa inquietud. ¿Por qué esa facilidad para introducir piezas aquí?”.

Operación policial contra el expolio de Libia.
Operación policial contra el expolio de Libia.

España es el segundo país en comercio de objetos arqueológicas, solo por detrás de Italia. Esconder obras de procedencia dudosa resulta más fácil cuando hay mucho mercado. “Los canales de comercialización ya existen, en España ha habido mucho expolio de su propio material arqueológico y los anticuarios están acostumbrados a falsificar papeles para vender esas antigüedades” explica Arthur Brand, un detective holandés especializado en tráfico de arte. Sostiene Brand que el mercado negro funciona en Libia, Siria o Afganistán desde antes de los 70, cuando la UNESCO dictó normas para proteger un patrimonio que se estaba vendiendo sin control: “La cadena de contrabando sigue siendo la misma, lo único que ha cambiado es que hay un grupo como ISIS que tiene ahora un lugar en ese tráfico. Si los grupos terroristas no hubieran entrado, nadie se habría interesado por un expolio que se viene haciendo desde hace cientos de años”.

Pero ahora sí interesa detener a los mercaderes de la guerra. Tanto, que la policía ya ha recibido peticiones de otros países para que expliquen cómo han llevado a cabo esta investigación. “Es la primera operación que se hace de este tipo”, comenta el Inspector Jefe de la Comisaría General de Información, “hemos marcado el camino. Nadie quería dar el primer paso y hemos sido nosotros los que lo hemos hecho”. Están ya en la segunda fase y no descartan que se encuentre más material. Se habla incluso de un almacén en Suiza donde descansaría un extraordinario tesoro arqueológico que ahora no tiene comprador. Ese es uno de los efectos colaterales del golpe policial a Bagot: quienes tenían obras expoliadas aguardan pacientemente un momento más discreto para introducirlas en el mercado.

Walid Abuabdalla espera que ese momento no llegue. Y que las autoridades judiciales españolas sigan trabajando para desmantelar las redes de tráfico que financian el terrorismo. “Hemos llegado a descubrir una pieza casi cada semana en una parte del mundo. Y te puedo confesar que hasta tenemos miedo por los expertos arqueólogos que nos están ayudando. Uno de ellos ya ha sido objeto de amenazas si continúa investigando. Es una guerra abierta entre el bien y el mal”. Una guerra también por preservar un pasado que, insiste, no solo pertenece a Libia. Es un legado de la humanidad.

Marta Fernández

Fuente: EL PAÍS

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