El duelo de la orca por su cría: qué explica la ciencia

El caso de la orca Tahlequah, conocida por los científicos como J35, que mantuvo a flote a su cría muerta durante 17 días en aguas del Pacífico en las costas cercanas de Estados Unidos y Canadá, movilizó a millones de personas que se vieron sorprendidas y emocionadas por el duelo de esta madre, que recorrió unos 1.600 kilómetros llevando a su cría fallecida.

Si bien los científicos suelen advertir que los humanos no debemos “antropomorfizar” actitudes animales, ya que interpretar su comportamiento desde la perspectiva humana puede inducir a errores o engaños.

La periodista Susan Casey, autora del libro “Voices in the Ocean: A Journey Into the Wild and Haunting World of Dolphins”, escribió una columna de opinión en el New York Times en la que explica que, en este caso particular, el recorrido de Tahlequah junto a su cría sí constituyó un “recorrido de duelo”.

“Al igual que nosotros, las orcas son individuos conscientes de sí mismos, con habilidades cognitivas y que ese comunican mediante el dialecto distintivo de su especie. A diferencia de nosotros, su identidad primordial es comunal: no solo las incluye a ellas, sino a su grupo familiar”, dice Casey. “La idea de que Tahequah –sigue-, está en duelo por la muerte de su cría no es una proyección sentimental. La ciencia lo respalda con firmeza”.

Según explica la periodista y escritora especializada en vida marina, las orcas “viven en grupos matrilineales que pueden incluir cuatro generaciones, donde las abuelas más ancianas son las líderes. Se sabe que las matriarcas pueden llegar a vivir más de 100 años; están dentro de solo un puñado de especies, incluyendo a la humana, que pasan por la menopausia. Así como todas las otras características de adaptación de la naturaleza, esto tiene un porqué: las matriarcas fungen como parteras, niñeras, navegantes y maestras. Las madres, abuelas y bisabuelas orcas transmiten tanto conocimiento indispensable que las crías que se apartan de su influencia carecen de preparación para la vida silvestre de las orcas”.

Casey explica que si bien todavía no podemos comprende plenamente las experiencias de otras especies, el comportamiento y la neuroanatomía de las orcas darían indicios de que tienen una compleja vida interior. “Sus cerebros son impresionantes, en algunos aspectos más grandes y más elaborados que el que consideramos el estándar por excelencia: el nuestro”, dice la autora. “El lóbulo frontal de las orcas está altamente desarrollado, así como su corteza insular, y ambos están relacionados con las emociones sociales y la conciencia”, sigue.

Como sucede con el cerebro humano, agrega Casey, las orcas tienen en sus cerebros neuronas “Von Economo”, estas son células vinculadas con la empatía, la comunicación, la intuición y la inteligencia social. “Así que las orcas pueden sentir emociones, por exótico que parezca, y eso toca una fibra sensible en nosotros. Sí, son inteligentes, pero nuestra fascinación con las orcas y otros cetáceos también proviene de algo más esotérico. De algún modo, presentimos lo conectados que estamos”, concluye.

Clarin.com

Fuente: CLARIN

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Temas: Categorías: Selección Ciencia Titulares

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