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Emmanuel Macron, Theresa May y Angela Merkel, en la cumbre de los Balcanes, celebrada en Sofía. VASSIL DONEV EFE

Europa apura el último intento de evitar una guerra comercial con Estados Unidos. A dos semanas de que venza la tregua que el presidente Donald Trump concedió al acero y al aluminio de la Unión Europea, los jefes de Estado y de Gobierno europeos se declaran dispuestos a mejorar los intercambios si Washington entierra para siempre la amenaza de aplicar aranceles. Bruselas se aviene a negociar cuatro capítulos, entre ellos una mejora en el acceso de los coches estadounidenses al mercado europeo a cambio de abrir la contratación pública estadounidense a las empresas del club comunitario.

Entre la rotundidad francesa y la cautela alemana, la UE ha encontrado un punto medio que concita la adhesión de todos sus miembros. Europa considera que la relación comercial entre ambos bloques, la más intensa del mundo, es mejorable y está dispuesta a hablar de aspectos concretos. Solo hay una condición inexorable: la retirada de la amenaza de aranceles. “Si Estados Unidos quiere tratar a Europa como aliada, estamos dispuestos a hablar de varias cosas; si no, la UE defenderá sus intereses”, ha resumido el presidente francés, Emmanuel Macron, al término de la cumbre del club comunitario con los socios de los Balcanes celebrada en Sofía.

La Comisión Europea, con competencias exclusivas sobre política comercial en la UE, presentó en la cena de líderes del pasado miércoles cuatro elementos sobre los que discutir. El más atractivo —también el más difícil de pactar— consiste en dar a Estados Unidos algunas ventajas en la exportación de bienes industriales (incluidos los automóviles). Washington pide rebajar el arancel que la UE aplica a los coches estadounidenses del 10% actual al 2,5% que soportan los vehículos europeos que se venden al otro lado del Atlántico. Bruselas estaría dispuesta a concederlo, a cambio de una apertura de la Administración Trump en el apartado más atractivo para Europa: que sus empresas puedan vencer el proteccionismo estadounidense y concurrir a algunas licitaciones públicas.

Resulta más que dudoso que Washington acceda a una demanda que no pudo lograrse en la negociación del ambicioso tratado comercial que Bruselas ensayó con la Administración de Barack Obama. Pero adentrarse en este proceso puede al menos alejar la amenaza inmediata de los aranceles. Con más prudencia que Macron —una eventual guerra comercial perjudicaría más a Alemania que a Francia—, la canciller Angela Merkel ha destacado: “Tenemos una posición común. Queremos una exención permanente de los aranceles y entonces estaremos dispuestos a hablar sobre cómo reducir de manera recíproca las barreras comerciales”.

Ventas de gas

Más allá del apartado industrial, la UE propone aumentar el volumen de gas natural licuado que Estados Unidos exporta desde hace unos años, gracias al desarrollo del fracking. Esas transacciones, ahora muy limitadas por barreras técnicas, permitirían también a la UE reducir la dependencia de suministradores como Rusia, que provee casi el 40% del gas que importa el club comunitario. Por último, Bruselas ofrece pactar mejoras en las reglas de funcionamiento de la Organización Mundial de Comercio, que disgustan a Estados Unidos, y ensayar una convergencia regulatoria (por ejemplo, en la seguridad de los automóviles) que reste trabas a los intercambios comerciales.

La gran incógnita reside en si estas perspectivas bastarán para que Trump renuncie a la guerra comercial con Europa. Los reveses propinados desde su llegada al poder —el último, el del acuerdo nuclear con Irán— no resultan alentadores. Fuentes comunitarias destacan que en este caso el interés de la industria estadounidense es mayor y que eso puede aplacar la beligerancia del líder norteamericano. Pero en última instancia, los líderes son conscientes de que la última decisión solo depende de Trump. “Este es hoy el principal problema de las relaciones trasatlánticas: que son imprevisibles”, ha concluido el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk.

Lucía Abellán

Fuente: EL PAÍS

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