Matemáticas, Broadway y Rockets: Morey, el ingeniero loco que ha cambiado l...

La NBA introdujo la línea de tres puntos en la temporada 1979-80. Cada equipo lanzó en esa campaña una media de 90,6 tiros por partido. De ellos, solo 2,8 eran triples. Acaba de terminar una temporada en la que la media ha estado en 27,9, de los 22,5 de Minnesota Timberwolves a los 42,3 de los Rockets, que han tirado 6,6 más por noche que el segundo, los Nets. La diferencia entre ambos es la misma que entre los de Brooklyn y el decimoquinto, los Lakers. Los texanos han lanzado 3.470 y han batido su récord de la temporada anterior en convertidos (ahora 1.256). Además han sido el primer equipo que ha lanzado más de tres que de dos (3.436).

La cifra se sigue disparando. En 2016 la liga se acercaba a los playoffs a ritmo de 23,8 triples lanzados por equipo. Un año antes la marca estaba en 22,4. Había subido 1,4. En dos años el ascenso ha sido de 4,1. Por entonces nos dirigíamos a las Finales de la ya mítica remontada de los Cavaliers ante los Warriors. Nadie había tirado más triples que ellos: 29,6 por noche los de Ohio, 31,6 los de la Bahía. Muy lejos del 42,3 que acaban de cerrar los Rockets. Aquel año Stephen Curry ganó el MVP unánime con sus 402 triples (en 79 partidos: se perdió tres): 5,1 por partido, por encima de la media de la NBA (hablo de equipos) en 2004.

Desde luego, con sus defensores y sus detractores, es un nuevo baloncesto. El de la generación de espacios a partir de la amenaza exterior y el movimiento de balón para aprovecharla. Una inevitable nueva era sobre la que ya ha refunfuñado un par de veces Gregg Popovich y que tiene en Daryl Morey, general manager de Houston Rockets, a su principal profeta y evangelista. Los Rockets y el moreyball, un juego de palabras con el apellido de su arquitecto y el Money Ball de Billy Beane y el sistema estadístico que cambió para siempre el béisbol… y todo el deporte estadounidense. Desde que apareció el tiro de tres era obvio que valía más que el de dos. Pero primero no había suficientes especialistas ni esquemas para industrializarlo. Después se consideraba que los equipos que vivían del triple podían ganar muchos partidos pero eran muy vulnerables en playoffs. Y finalmente llegó Morey y, con él, un cambio que seguramente habría sobrevenido en cualquier caso. Pero que tal y como se ha producido (siete años seguidos con récord de triples en la liga), es imposible de entender sin este ejecutivo nacido en 1972, criado en Wisconsin y obsesionado desde niño con poner los números en cúspide de la dirección de una franquicia profesional.

Ya en la temporada 2014-15, los Rockets lanzaban solo el 6,2% de sus tiros desde la media distancia y llegaron a 2.680 triples totales (790 menos que esta temporada, en todo caso). El valor de una posesión en la NBA estaba en 1,04 puntos. James Harden, a base de ir de forma masiva a la línea de tiros libres con un 86,8% de acierto, navegaba en 1,74. En aquella temporada el nuevo estilo, con los Warriors y los texanos (se enfrentarían en la final del Oeste) a la cabeza, era un hecho: se trataba de tirar mucho de tres pero también de generar el suficiente movimiento y los espacios para poder hacerlo con buenos porcentajes y sentido. El 84% de los triples que se lanzaban eran tras asistencia. Desde las esquinas, una jugada que se ha convertido en El Dorado de la nueva métrica, el dato se disparaba a un 96%.

Aquellos Rockets ya estaban perfeccionando lo que ha acabado siendo uno de los ataques más mortíferos de la historia de la NBA: no se trataba tanto de encontrar buenos tiros como de evitar los malos. Y los malos eran los de media distancia, el lanzamiento largo de dos. Matemáticas: un jugador con un 33% en triples (una cifra buena pero no estratosférica) ya sacaba más partido a sus posesiones que con un 50% en la pintura. Tomando como referencia aquella misma temporada, esta es una aproximación al estado del valor de los lanzamientos:

-A un metro o menos del aro se anota en un 62,8% y el valor de cada tiro es de 1,25

-Entre un metro y tres: 48,3% y 1,25

-Entre 3 y 5: 40,3% y 0,80

-Entre 5 y la línea de tres: 39,4% y 0,78

-De tres: 35% y 1,05

Morey reniega de los tiros de baja eficiencia y apuesta por ir a la línea de tiros libres y al triple o por meterse debajo del aro. Esa es la base de su visión del baloncesto aunque para alcanzar lo que por ahora es su cima (esta Regular Season de 65 victorias) ha tenido que añadir defensa, el nuevo rango de juego que aporta Chris Paul y más soluciones: en los playoffs 2017 los Spurs airearon con sus ajustes defensivos los problemas de la visión más radical de Morey y D’Antoni (ganaron 2-4 una muy sorprendente semifinal del Oeste). Los Rockets ganaron dos partidos en los que anotaron 22 y 19 triples con un 44% en ambos casos. Y perdieron cuatro con 11, 12, 16 y 13 y unos porcentajes siempre entre el 31 y el 33%. Los Spurs, adaptando su defensa con más cuerpos anclados en la zona, también alejaron a los Rockets de la línea de tiros libres: en seis partidos anotaron 44 puntos menos desde la línea de personal que en los cinco de la eliminatoria anterior ante los Thunder (4-1), donde tiraron más de 33 por noche y salvaron así sus problemas en el triple (48/169, un pobre 28%).

Morey y una nueva visión del deporte

Morey lleva en los Rockets como general manager desde 2007. Llegó con cartel de niño prodigio de las estadísticas en los Celtics cuando el dueño de los Rockets, Leslie Alexander buscaba un perfil con el que sacar lo máximo de cada dólar que estaba invirtiendo en sus plantillas. En ocho años de once totales, Morey ha metido a los Rockets en playoffs y nunca ha estado por debajo del 50% de victorias. En 2016 estuvo con el agua al cuello: el equipo cayó de la final del Oeste a primera ronda después de un 41-41 (15 victorias menos que un año antes) que reflejaba la implosión del proyecto James Harden-Dwight Howard. Morey no oculta que en el mundo del baloncesto muchos le considerarán siempre un extraño, alguien que no creció en las canchas y que quiere acabar con la esencia del juego: “Mis críticos se callan cuando va bien y cargan con todo en cuanto me va mal”. Su golpe de efecto, y entonces parecía una broma pesada, fue poner un equipo muy flojo en defensa en manos de… Mike D’Antoni. Desde entonces, 55 y 65 victorias en dos años, D’Antoni Mejor Entrenador de la temporada pasada y el primer puesto ahora de una Regular Season en la que se han acomodado como la mayor amenaza posible (Cavaliers 2016 incluidos) para los Warriors de Steve Kerr (2014-…). Mientras otros han buscado excusas para aplazar sus construcciones hasta que se pusiera el sol en la Bahía, Morey se ha obsesionado con frenar a los Warriors. El año pasado sabía que no tenían suficiente aunque hubieran eliminado a los Spurs. Ahora, con un proyecto mucho más completo y profundo (llegaron Chris Paul, PJ Tucker y Luc Mbah a Moute), siente que están ante su gran oportunidad. El propio Morey ha asegurado que el factor cancha les da entre un 8 y un 15% más de opciones y se apoya en dos datos esenciales: 2-1 en el cara a cara y un mejor diferencial de puntos total: +8,5 por el +6 del campeón.

Morey, Morey, Morey. Su nombre está en todas partes. Y no es nada para lo que vendrá si sus Rockets consuman el gran golpe de estado en el Oeste. Activo y frontal en redes sociales, muy respetado entre sus colegas de profesión y con pulso para tomar decisiones muy radicales y muy ambiciosas. Empeñado en sumar un big three que nunca ha consumado en Houston y ya con cuentas en mente para hacer un intento por LeBron James en julio. Morey creció pensando que los números y no las emociones deberían regir los equipos y se empeñó en demostrarlo. Envió cartas a decenas de franquicias vendiendo su idea y cuando no obtuvo ninguna respuesta se propuso ser rico para tener su propio equipo. Un simple chico del medio oeste sin contactos ni riqueza familiar como respaldo, se embarcó en estudios de la rama empresarial como teórico camino hacia el dinero. Ellen, entonces su novia y ahora su esposa, cuenta que cada lunes hacía una lista con sus objetivos vitales y que en todas y cada una aparecía el target definitivo: ser dueño de una franquicia profesional.

El dinero a espuertas nunca llegó, pero sí un golpe de suerte que cambió su vida: la consultoría en la que bregaba en pleno fin de la burbuja de internet pasó a trabajar para el grupo empresarial que trataba de comprar los Red Sox y que acabó virando hacia otro histórico de Boston: los Celtics. Los nuevos propietarios le dieron voz en una toma de decisiones que acabó en lo deportivo tras acertar en contrataciones de personal, precio de entradas… Y él aprovechó la ocasión para aplicar el primer boceto del modelo estadístico con el que cambiar las reglas del juego, un instinto que siempre le había acompañado desde que cayó en sus manos (tenía 16 años) el libro de Bill James, el primer gran revolucionario del béisbol y el padre de la llegada de toda una generación de empollones y nerds a los despachos de las franquicias profesionales. Morey pensaba (piensa) que las matemáticas son concluyentes, no emocionales y encajan perfectamente con el deporte. Y esa idea ha sido el hilo de una carrera brillante pero cuestionada: cuando llegó a Houston los medios locales le apodaron Deep Blue, referencia a la supercomputadora de IBM que jugaba partidas de ajedrez.

Bob Myers, el cerebro detrás de los Warriors de los dos anillos (por ahora) y el 73-9, reconoce a Morey como el gran revolucionario de la nueva era de estadísticas avanzadas, casi un pensador contracultural en los océanos de un baloncesto profesional que ha acabado yendo a su terreno. Ahora, en el vestuario de los Rockets hay una pantalla enorme que muestra los líderes de la competición en diferentes apartados estadísticos no convencionales. Y durante los partidos, Morey se encierra en una sala de musculación del pabellón porque detesta el momento en el que la bola va a al aire y él ya no puede controlar lo que sucede. Define las derrotas como “dolor” y los triunfos como “alivio contra el dolor” y sitúa su situación crítica en un triunfo por más de 20 puntos entrado el último cuarto: “a partir de ahí, ya solo pueden pasar cosas malas”. Los Rockets, casi una ironía, son el equipo que en más partidos de la última regular season alcanzaron ventajas de al menos 20 puntos: 32 veces, una barbaridad. El Morey sabelotodo se convierte en un aficionado histérico durante los partidos, ecos del joven que comenzó a desconfiar de los expertos de vieja escuela cuando su equipo favorito, los Indians de Cleveland (MLB) pasaron en 1987 de ser portada de Sports Illustrated como favoritos al título a ser el equipo con más derrotas.

Las limitaciones del método… y del ojo humano

Morey se planteó entonces que tal vez aquellos gurús no supieran en realidad gran cosa y comenzó a perfilar su moreyball, un sistema llamado a limitar el error humano y que parte, al contrario de lo que se suele presuponer, de que en realidad no existe certeza alguna. Lo que trataba de explicar sobre precios futuros del petróleo en la asesoría en la que trabajaba antes de ser reclutado por los Celtics se lo llevó con él al baloncesto. Es el responsable de que la Sloan Conference haya crecido hasta convertirse en una cita anual esencial para entender hacia dónde va la dirección y gestión de las franquicias. Y es el creador de un equipo que se siente (de verdad) capaz de desbancar a los Warriors del big four, uno de los proyectos más gigantescos de la historia. Morey lo sabe y por eso lo tiene claro: “Este año no voy a disfrutar nada de los playoffs”. Los Rockets, conviene recordarlo, no han jugado unas Finales desde 1995, la del segundo anillo de Hakeem Olajuwon. Desde entonces, 15 viajes a playoffs pero solo dos finales de Conferencias (perdidas en 1997 y 2015).

Leslie Alexander, que en 2008 fue elegido por Forbes mejor propietario de la NBA, le dejó claro a Morey desde el principio que le importaba muy poco lo que pensara nadie mientras consiguiera que los Rockets fueran uno de los mejores equipos de la liga. En su primera entrevista le preguntó por su religión, y cuando un muy joven Morey contestaba nervioso (“mi familia es de tradición luterana y episcopal…”) al que estaba a punto de convertirse en su nuevo jefe le interrumpió: “¿no irás a decirme que crees que de verdad en toda esa mierda?). El nuevo general manager tendría vía libre para llevar su idea hasta las últimas consecuencias y en eso ha estado durante los últimos once años, un período en el que ha aprendido a desconfiar de los números más de lo que le hubiera gustado y a devolver a la ecuación factores como el ojo humano o la química de vestuario. Al menos hasta cierto punto: en 2011 aprovechó el lockout para estudiar economía conductual y aprender a sortear, o como mínimo ponderar, los prejuicios y mecanismo de la mente humana. En su primera clase, la profesora hizo escribir a todos los alumnos los dos últimos números de su móvil en un lado de un papel. Y en el otro, el número de países africanos que pensaban que formaban parte de Naciones Unidas. La segunda cifra era más alta en todos aquellos que tenían cifras altas en la primera. Más madera.

Morey puso en práctica la primera versión de sus ecuaciones en el draft de 2003, con los Celtics: predecir lo impredecible, cambiar el proceso de la toma de decisiones. Su primer experimento fue un número 56, Brandon Hunter, un power forward de Ohio que dio minutos durante una temporada en los Celtics y luego hizo carrera en el extranjero. Para Morey, modesta pero suficiente prueba de que su sistema funcionaba, mucho antes de que la informática y la planificación de las franquicia se dieran la mano para generalizar lo que era excepción, casi un trabajo de científico loco: Morey se tuvo que ir a las oficinas de la NCAA en Indianápolis para fotocopiar partidos de dos décadas de baloncesto universitario y poder picar a mano todos los datos que le permitieron tener una base con la que realizar sus comparaciones/proyecciones. La prehistoria de los analytics.

Joey Dorsey, DeAndre Jordan… y Marc Gasol

El Morey de los Rockets ya maneja un volumen ingente de información y avanza por terrenos que ahora son pan nuestro de cada día pero entonces eran una revolución: ir más allá de los puntos, rebotes y asistencias y profundizar más rebotes sobre oportunidades de rebotes totales, datos por minuto y no por partido, cambios del equipo con un jugador en pista o fuera de ella. Incluso asunto como la vida familiar o cómo influía el carácter del entrenador. Con estrategias propias de Wall Street o de las campañas empresariales, Morey comienza a perfilar el baloncesto del futuro, el que vivimos hoy cada día: ¿y si un jugador que anota mucho ayuda menos a su equipo que uno que no anota tanto? Hoy es obvio, hace casi tres lustres era el inicio de un nuevo enfoque.

Morey sintió como un acierto su primer draft en Houston (en 2006 el equipo no tenía picks): con los números 26 y 31 eligió a Aaron Brooks y Carl Landry, jugadores que rindieron muy por encima de lo habitual en esas selecciones. Pero después pasaron cosas que pusieron el modelo en solfa y llevaron a Morey a una crisis de fe: en 2008 su fórmula le recomendó draftear con el número 33 a Joey Dorsey (que luego jugó en el Barcelona) cuando estaba disponible DeAndre Jordan, que fue elegido dos puestos después por los Clippers. Así aprendió a añadir a sus baremos la edad (Dorsey fue drafteado con 24 años), el nivel de los rivales a los que se había enfrentado en College… y a mirar más allá de la estadística: DeAndre había sido una estrella de instituto pero en su único año en Texas A&M acusó una nula integración y una mala relación con su entrenador. Los mismos ojeadores que se jactaron de haberle recomendado a DeAndre patinaron con Marc Gasol un año antes, cuando se burlaron de una imagen del español sin camiseta y le llamaron por su sobrepeso de entonces Man Boob (el hombre con tetas). El cerebro estadístico de Morey sí recomendaba a Marc, pero no se atrevió a dar el paso por tratarse de su primer draft como general manager. Morey empezó a acumular experiencias, aumentó el rango de sus evaluaciones estadísticas en lo físico: en vez de cuánto salta un jugador cuánto tarda en elevarse, en lugar de velocidad en sprint, tiempo de reacción en la arrancada… Y recuperó el factor humano pero con muchos condicionantes: tras el caso Marc prohibió los apodos en su equipo de trabajo y creó normas para evitar prejuicios que aparecían recurrentemente en el trabajo de los ojeadores: el cerebro humano tiende a llevar lo que ve a lo que pensaba de antemano, trata de confirmar sus prejuicios en un factor clave en el impacto que los jugadores tienen en los entrenamientos previos al draft en unos ojeadores que, además, son muy benevolentes con aquellos que les recuerdan a su propio estilo como jugador. El propio Morey jugaba como Bill Laimbeer de niño y percibía en sí mismo la empatía con jugadores de ese mismo perfil.

Morey decidió que quería casi todo el trabajo hecho antes de unos entrenamientos en los que, por ejemplo, un excelente tirador puede tener una mala tarde. Quería abrir su mente a la aparición de nuevos modelos de jugadores, con Stephen Curry como caso paradigmático, y quería romper con la inercia habitual de cualquier front office según la cual se valora más el presente que el futuro y más lo que tienes que lo que podrías tener. Por eso en 2012 pasaron de cerrarse en banda a aceptar la primera ronda que ofrecían los Raptors por Kyle Lowry (“si nosotros tuviéramos el pick no lo habríamos cambiado por Lowry”). Ese pick (se eligió a Steven Adams con el número 12) acaba siendo esencial para conformar el paquete con el que los Rockets se llevaron a James Harden de los Thunder.

Mientras él va superando las contradicciones y limitaciones de sus modelos matemáticos, la NBA acelera para adaptarse a ellos: en 2012 comprueba que el resultado del draft es casi idéntico al que había previsto su programa. La nueva NBA es algo muy parecido a la visión que él tuvo de niño (“usar los números para ser mejor que los demás”) y el moreyball es solo su versión más radical, una sobre la que cabalga el obsesivo Morey, por lo demás un tipo cuyo sentido del humor resulta enormemente apreciado en el mundillo NBA. Él mismo que le ha llevado, es un enamorado de Broadway, a tener su propio musicla en el Catastrophic Theatre de Houston: se llama Small Ball y cuenta la historia de una isla perdida en el océano con habitantes muy bajitos, al estilo Lilliput, que pretende integrarse en el mundo moderno creando una selección de baloncesto y en la que acaba jugando un trotamundos que llega a la isla y cuyo nombre es… Michael Jordan (ahí acaba el parecido con His Airness). El entrenador del equipo, que solo puede alinear a cuatro jugadores porque en la isla se desconoce el concepto del número 5, grita en un momento a su superior: “tus frías estadísticas le están arrancando el corazón al juego”. Así que sí, Morey tiene sentido del humor. Y una obsesión: superar a los Warriors y hacerlo con el sistema que ideó de niño. Ya que no como dueño, al menos como general manager. Como uno de los mejores y más influyentes de la NBA, de hecho.

Juanma Rubio

Fuente: AS

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