Guajardo, la semana pasada, en la Ciudad de México. H. R. REUTERS
Guajardo, la semana pasada, en la Ciudad de México. H. R. REUTERS

Van más de ocho meses de negociaciones para la actualización del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), pero todo acabará decidiéndose en un final de photo finish. Las delegaciones estadounidense, mexicana y canadiense trabajan en Washington contrarreloj para alcanzar un acuerdo sobre el texto, en vigor desde 1994, y las próximas 48 horas se antojan vitales. “Creo que durante el día [de hoy] y mañana [viernes] descubriremos si realmente tenemos lo que necesita”, ha subrayado este jueves el secretario (ministro) de Economía mexicano, Ildefonso Guajardo, en declaraciones a Reuters. La fecha límite para la fumata blanca, fijada en el 15 de mayo, parece desplazarse finalmente hasta el día 17. Si para entonces no hay acuerdo, los calendarios políticos de Estados Unidos —con elecciones legislativas en noviembre— y de México —con comicios presidenciales en julio— lo hacen inviable.

Los tres países, ha dicho este jueves la canciller canadiense, Chrystia Freeland, “han realizado muchos avances desde el lunes [cuando empezó esta ronda final en la capital estadounidense]”. “Definitivamente, nos estamos acercando al objetivo final”, ha agregado en tono optimista. Las posiciones, sin embargo, siguen distantes en al menos tres frentes: reglas de origen para la industria automotriz, terminación automática del acuerdo cada cinco años —como quiere EE UU— y mecanismos de resolución de controversias entre empresas y Estados.

Tras un arreón de flexibilidad a finales de marzo, la delegación estadounidense ha echado el freno y se mantiene en sus trece en la mayoría de temas espinosos. Washington sigue exigiendo un porcentaje de contenido regional mínimo (75%) para los automóviles fabricados en la región que las propias ensambladoras consideran inasumible. También que el 40% de las piezas que montan los coches terminados en América del Norte proceda en zonas de altos salarios, un requisito que en la práctica excluye a México. Ante esas demandas, el Gobierno de Enrique Peña Nieto ha llevado una contrapropuesta que rebaja el primer porcentaje y elimina el segundo, pero las autoridades estadounidenses aún no han respondido formalmente. Ahí está la mayor incógnita de la negociación. “Si se destraba el asunto de las reglas de origen, el resto de píldoras venenosas (como se conoce en la jerga comercial anglosajona a los puntos más calientes del diálogo trilateral), caerán por sí solos”, subraya un empresario mexicano que participa en las conversaciones.

Como desde el minuto cero después de la elección de Trump, en noviembre de 2016, México y Canadá han hecho equipo para tratar de sacar adelante un acuerdo lo más parecido posible al TLC actual, con concesiones mínimas hacia las posturas proteccionistas de las que bebe el líder de la primera potencia mundial. A diferencia del presidente estadounidense, sus dos socios tienen claro que el mayor tratado comercial del planeta “funciona” y que lo único que debe hacerse es adaptarlo a la realidad económica del siglo XXI. Pero la Casa Blanca quiere un cambio quirúrgico, que lleve a las empresas automotrices —por mucho el sector de mayor peso en el comercio norteamericano— a abastacerse de más componentes en la propia región y que incluso obligue a los tres países a sentarse a la mesa cada cinco años para renegociar un nuevo acuerdo bajo la amenaza de ruptura automática.

“El proceso de negociación es demasiado apresurado por los tiempos políticos. Creo que aún falta mucho y no sé qué tan lograble es”, apunta Jaime Serra Puche, uno de los tres padres del TLC hoy en vigor, en declaraciones a EL PAÍS. “Cuando negocias con alguien como Trump es muy difícil hacer un cálculo de probabilidades de llegar a un acuerdo. Lo importante es no firmar algo a corto plazo que te pueda hacer daño a largo. Luego es muy difícil de cambiar”, agrega. Su mayor preocupación es la cláusula que discriminaría entre países de altos y bajos salarios para determinar dónde deben fabricarse algunos componentes clave de los coches. Para Serra Puche, ex secretario de Comercio y de Hacienda en los Gobiernos de Carlos Salinas de Gortari y de Ernesto Zedillo, es una exigencia que México nunca debería aceptar: “Es una propuesta de corte soviético que, paradójicamente, viene de Washington”.

Trump ha amagado en reiteradas ocasiones con abandonar el TLC si el acuerdo que sale de la mesa de negociación en marcha no es satisfactorio. El magnate republicano acusa al pacto comercial de destruir empleos manufactureros en su país y a México, de competir deslealmente con salarios fuera de mercado. Aunque es cierto que, en el último cuarto de siglo, se ha producido un gran incremento en el número de puestos de trabajo industriales —y, muy especialmente, en el sector automotor— en México, la pérdida de este tipo de empleos en EE UU tiene que ver más con la automatización de muchos procesos productivos que con fugas hacia su vecino del sur. Con la renegociación del acuerdo, Trump y su equipo quieren, además, rebajar el déficit comercial existente con su vecino del sur. En su primer año de presidencia, la cuenta negativa entre lo que EE UU exporta e importa se elevó un 10,5%.

Ignacio Fariza

Fuente: EL PAÍS

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