El desembarco de 700.000 rohinyás en Bangladés dispara la competencia por el escaso trabajo y la tierra. Las ONG ofrecen sus servicios también a los bangladesíes necesitados

Refugiados rohinyás transportan un féretro en el campo de Kutupalong, en Bang...
Refugiados rohinyás transportan un féretro en el campo de Kutupalong, en Bangladés, el 8 de abril. M. UZ ZAMAN AFP

Ya desde el principio se vio que llegaban muchos. Muchísimos. Sin embargo, las autoridades de Bangladés tardaron muy poco en abrir la frontera, a finales de agosto, para permitir que aquellas largas filas de personas exhaustas por días de caminata entraran a su territorio. La sensación en este país de mayoría musulmana era que, como en episodios anteriores, había que proteger a aquellos “hermanos musulmanes” perseguidos en un país de mayoría budista, Myanmar. Num Nahar alojó a una decena de los recién llegados en su hogar. Ahí siguen. Son parte de los 700.000 arribados. Suponen el 60% de los rohinyás que vivía en la antigua Birmania. A medida que va quedando patente que su presencia no será efímera, van emergiendo las tensiones con los locales. Basta compararlo con el tremendo efecto político y social que ha supuesto a Europa la llegada de un millón de refugiados de Oriente Próximo. La diferencia es que estos refugiados llegan desde el rincón más pobre de un país al rincón más pobre de otro que además está superpoblado (160 millones).

Num Nahar y varias de sus vecinas se sientan a charlar con las huéspedes que llegaron del otro lado del fronterizo río Naf —hablan idiomas similares— mientras sus maridos hacen corrillo en el jardín. Son encuentros que organiza la ONG Solidarités (una de las pocas que llevaba años trabajando en Teknaf, al sur de la península donde desembarcó el éxodo) para tratar de resolver las potenciales rencillas y que no engorden para estallar como conflictos graves. El ambiente es amigable, pero, sí, claro que han florecido agravios. Aisha Katum explica que los bangladesíes han perdido algunos de sus escasos medios de subsistencia porque las autoridades “han restringido la pesca en el río Naf” y, por si fuera poco, el jornal se ha desplomado: “Antes era de 400-500 taka (cien taka son casi un euro) y ahora ha caído a 100-200 porque los rohinyá aceptan trabajar por ese dinero”.

Una de las principales estrategias de las ONG para aminorar las tensiones y que los locales, también pobres y necesitados, no perciban que se les da la espalda para atender solo a los foráneos, es atenderlos a todos por igual. En los 10 hospitales de campaña y 150 clínicas abiertos por las ONG en los campos de refugiados de rohinyás a nadie se le pregunta si llegó de Myanmar o es bangladesí, si tiene papeles o no. Se le pregunta qué necesita. Es otro de los muchos asuntos que en una crisis como esta requiere diplomacia. La inmensa mayoría de los atendidos, no obstante, son rohinyás.

Cerca de casa de Num Nahar está el consultorio del campo de Jadimura, que gestiona Save The Children (STC). La doctora Yasmin es uno de los médicos. El otro es varón. Cuenta que muchos de los rohinyá llevaban años sin atención médica: “Habían esperado hasta uno, dos o tres años. Muchos sufren enfermedades crónicas”. Consecuencia de ser apátridas. Cuando Myanmar les quitó la ciudadanía, en 1982, perdieron el derecho a los servicios básicos.

Muchos no imaginan que pueden ir al médico. Por eso las ONG tienen emisarios entre los refugiados que visitan las chabolas para explicarles cómo funciona la vida en estas ciudades o pueblos de miles de vecinos y los servicios disponibles.

Tras la bienvenida de Bangladés, emergen las tensiones con los locales

El caso de las rohinyás violadas por militares o civiles birmanos en lo que la ONU califica de limpieza étnica es especialmente grave. “La mayoría de las mujeres de la comunidad con las que hablo no saben que la violencia (sexual) requiere atención médica”, según dice Zulia, voluntaria de Médicos Sin Fronteras. MSF precisa en un informe que en sus clínicas han atendido 230 violadas. Muchas llegan demasiado tarde para recibir contracepción de emergencia o gravemente enfermas tras haber intentado abortar solas.

La mayoría de los médicos, enfermeras y psicólogos consultados en los campos de refugiados sobre la violencia sexual responden que sobre todo se encuentran violencia de género. La doctora Kari Hansen, del hospital de la Cruz Roja que hace cirugía mayor 24 horas al día siete días a la semana para esta megaciudad con más habitantes que varias capitales europeas, está muy preocupada. Ha tratado a muchas maltratadas. Alguna incluso ha muerto, cuenta. Otros profesionales también han constatado un incremento de casos, que atribuyen a la creciente frustración. Si los refugiados rohinyás o sus anfitriones pensaron en algún momento que esta crisis sería pasajera y que regresarían a casa más pronto que tarde, la realidad parece desmentirles. El Gobierno está urbanizando a toda prisa una isla flotante en el golfo de Bengala donde pretende instalar a 100.000 refugiados.

Miles llegaron malnutridos. El hambre es otra de las armas utilizadas para atacar a esta minoría musulmana. Infinidad de recién nacidos famélicos reciben tratamiento de choque (una pasta ultraenergética que sus madres les dan cucharada a cucharada con agua en presencia de una sanitaria) y miles de lactantes aprenden a dar pecho. También se les explican las ventajas de parir en un centro sanitario pero las rohinyá tienen grandes reticencias. “Primero, por la postura y, luego, por dar a luz ante desconocidos, no con la suegra”, desvela una representante de Save The Children. Tres cuartas partes de sus bebés nacen en casa por muy precaria que sea esta. Es un asunto capital porque la tasa de natalidad de este grupo es muy alta (dato esgrimido por la mayoría budista birmana para considerarles una amenaza). El 55% de los refugiados son críos. Y este 2018 se estima que nacerán entre 60.000 y 100.000 bebés en los campos.

Las ONG también dispensan planificación familiar a las que lo solicitan. Uno de los problemas de que no esté claro si los rohinyás van a poder regresar a su patria y cuándo es que los médicos no pueden dispensar anticonceptivos de largo plazo como el DIU. “Aunque lo pidan no podemos ponérselo porque desconocemos dónde estarán cuando haya que extraérselo”, explica la representante de Save The Children a un grupo de periodistas invitados por ECHO, la agencia de ayuda humanitaria de la UE. Los condones y la píldora son los más usados.

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Ahora todos tienen la vista puesta en el monzón y los riesgos que acarrea. Bangladesh tiene desde hace años planes de contingencia, pero los refugiados rohinyás llegados en episodios anteriores nunca estuvieron incluidos. El campo de Charkmarkul tiene que ser trasladado con sus 12.600 vecinos ante la inminente temporada de lluvias porque está en terreno inundable. Está en una zona tan remota que la comunidad internacional tardó dos meses en descubrir que allí había surgido un gran asentamiento.

Entre los incontables desafíos de los campos de refugiados rohinyá destaca el que supone deshacerse de los residuos de las letrinas. Una tarea compleja en el escaso y escarpado terreno con fuertes lluvias a la vuelta de la esquina. Buena parte de las 40.000 instaladas para más de 700.000 personas está ya a rebosar y el Ejército de Bangladés tiene el encargo de deshacerse de los restos. En paralelo, las ONG buscan soluciones alternativas. Solidarités tiene un proyecto piloto en el campo de Unchiprang, de 22.000 vecinos, que consiste trasladar a una colina lejana las aguas residuales en bidones, mezclarlas con cal para matar las bacterias y echarla en un depósito del que se filtra a través de varias membranas hasta que el agua puede ser reutilizada y los restos sólidos, incinerados, explica Ives Bertrand, coordinador de saneamiento de la ONG. Otro experimento consiste en reutilizar los gases de las letrinas como combustible para cocinar.

Cuenta la médico Hansen que han empezado a ver fracturas muy graves por corrimientos de tierras. “En la última semana, el 70% de los pacientes venía con lesiones. Uno tenía rota la espina dorsal”. Eso da idea del temor que suscita el monzón, que puede acarrear brotes de hepatitis, malaria, dengue… Mantener la única carretera de acceso y este hospital de la Cruz Roja y el resto abiertos es prioritario. En el quirófano de campaña está operando el único cirujano, un ruso que lleva un mes de guardia 24 horas al día siete días a la semana, a la espera de los necesarios refuerzos. En un centro como este las decisiones excepcionales son constantes: “A diario tomamos decisiones éticas difíciles. A quién tratar, a quién enviar a casa… cuando sabes que en tu país podrías haberles salvado. Ayer tratamos a un hombre que posiblemente tenía cáncer, pero no lo sabemos. Aquí no se le hubiera podido hacer seguimiento. Le enviamos a casa”. Su casa, como la del resto, es seguramente una estructura de bambú con lonas y poco espacio para mucha familia.

Naiara Galarraga Gortázar

Fuente: EL PAÍS

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